El zar Putin y el destino imperial de Rusia

EL ZAR PUTIN Y EL DESTINO IMPERIAL DE RUSIA

 

El mundo no ha cambiado tanto tras el final del comunismo y la inercia de las viejas lógicas políticas y militares sigue presente en las relaciones de Rusia con su periferia, tal como hemos visto en Bielorrusia, Ucrania y otras zonas del continente

 

Por Ricardo Angoso

 

Cuando cayó el Muro de Berlín y se derrumbó el bloque comunista como un castillo de naipes, allá en ese casi lejano año de 1989, un pensador norteamericano decía que estos acontecimientos significaban el fin de la historia, sin atisbar siquiera que las viejas inercias y las lógicas políticas de toda la vida, que pesan como una pesada losa, seguirían presentes en el devenir de Europa por muchos años e incluso siglos, me atrevería a decir. Por ejemplo, las vieja mentalidad imperial de Rusia, en el sentido de que siempre extendió su influencia y poderío incluso más allá de sus confines e imponiendo la voluntad en su periferia, compuesta por Estados más débiles y pequeños, sigue tan presente como siempre, habiendo pervivido, a través de los tiempos, incluyendo a la larga época soviética (1917-1991), sin haber cambiado en un ápice su fundamento y doctrina.

 

En definitiva, el sempiterno presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, no ha desarrollado una política exterior novedosa ni alternativa a la que desarrollaron en su época los zares y, después, tras la revolución soviética de 1917, la larga dictadura comunista. Una visión de un gran país con pretensiones imperiales, entre Europa y Asia, y manejado de una forma absolutista sin apenas vocación democrática, que pasó de la tiranía esclavista de los zares a la satrapía estalinista sin  intención alguna de democratizar tan vasto imperio, sino de manejarlo al capricho de sus dirigentes sin contar con sus ciudadanos.

 

Durante la larga noche soviética, la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) siempre tuvo vocación intervencionista y trató de establecer regímenes comunistas en Alemania, Polonia, Hungría, España, Francia, Italia y casi todos los países donde había una fuerte implantación de los partidos comunistas, una política que estuvo en vigor tras el triunfo de la revolución soviética y hasta 1945. Después de ese año, en que terminó la Segunda Guerra Mundial con la derrota de la Alemania nazi, los vencedores en la guerra, Estados Unidos, la URSS y el Reino Unido, reunidos en la cumbre de Yalta, decidieron repartirse Europa en dos zonas de influencias, sin ni siquiera contar con las nuevas naciones liberadas y dejando la mitad del continente –Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania, la mitad de la Alemania controlada por los soviéticos y Yugoslavia- bajo la égida soviética.

 

Nacía la Guerra Fría en un mundo bipolar y dominado por dos grandes bloques, uno de carácter capitalista y democrático y otro socialista dominado por oprobiosas tiranías, que no estaría exento de tensiones y conflictos, como por ejemplo las guerras de Vietnam y Corea y la crisis de los misiles en Cuba. En muy poco tiempo, los soviéticos, con la ayuda de los comunistas locales en esos países, se hacen con el poder total, instalan regímenes de partido único y no se andarán con remilgos a la hora de acallar las críticas y cualquier signo de disidencia en el interior de estos países que pagarán durante más de cuatro largas décadas (1945-1989) su injusto destino sellado en Yalta por Churchill, Roosevelt y Stalin, máximos líderes del Reino Unido, Estados Unidos y la URSS, respectivamente.

 

RUSIA Y EL CONTROL DE SU PERIFERIA

Durante esos largos años imperó la doctrina de la soberanía limitada del máximo líder soviético Leonid Brézhnev, en el sentido que estos países podrían moverse en los límites que les imponía la férrea disciplina comunista y sin salirse de la misma bajo el riesgo que si el sistema estuviera en peligro, la URSS podría intervenir militarmente e imponer orden ante cualquier señal que pusiera en riesgo el sistema socialista; tal como hizo Moscú brutalmente en 1956, al invadir Hungría y derribar a un gobierno de corte reformista, y después cuando puso fin a la primavera de Praga, en 1968, una ocupación de Checoslovaquia en toda regla que terminó con el experimento democratizador y llevó a sus máximos líderes al ostracismo.

 

En 1989, en plena crisis y descomposición del sistema socialista en toda Europa del Este, sobre todo debido a su fracaso económico y político del mismo, atizado desde dentro por marchas multitudinarias contra el comunismo, la URSS permite que Hungría y Polonia realicen elecciones libres, al tiempo que se producen revueltas ciudadanas demandando democracia y libertad en la República Democrática (RDA), Bulgaria, Checoslovaquia y Rumania. Moscú tolera brevemente ese estallido de libertad. Eran los tiempos de la perestroika y Gorbachov, un breve soplo de aire fresco que ya pasó a los cajones de la historia.

 

El castillo de naipes, construido en torno a dos instituciones centrales, el COMECOM –que era el bloque económico- y el Pacto de Varsovia –la OTAN comunista- se deshacía como un azucarillo en apenas unos meses y el mundo comunista pasaba a mejor vida en Europa del Este, dejando atrás una pesada herencia autoritaria y un sistema económico absolutamente infuncional. Luego llegarían las revueltas de Albania, la guerra en Yugoslavia y, en 1991, el final de la URSS, incapaz de detener la revuelta de los países bálticos –Lituania, Letonia y Estonia- y la independencia de los otros socios de esta entidad multinacional.

 

Desde esa fecha hasta ahora, Rusia no ha dejado de intervenir en los asuntos de sus vecinos y ha dejado bien claro que no tiene ni las más intención de que la OTAN y la Unión Europea (UE) extiendan sus fronteras hasta sus límites territoriales, aunque tuvo que aceptar la integración de los países bálticos, a regañadientes, en ambas instituciones. Hasta ahí llegaba lo máximo a lo que hasta dispuestos a llegar los nuevos líderes rusos y esa línea ya no se traspasaría para el resto de sus vecinos desde entonces.

 

En 1999, tras una privatización calamitosa de todos los activos de la URSS durante la década de los noventa, que llevó a la miseria a millones de rusos que perdieron sus ahorros de años y a la concentración de las riquezas de todo el país en manos de un entramado político-mafioso formado por antiguos comunistas y personas cercanas a la elite gobernante, el ex agente del KGB Vladimir Putin llega al poder con la aquiescencia del ex presidente ruso Borís Yeltsin, otro de los grandes beneficiados, junto con su pequeño círculo familiar e íntimo, de la privatización y posterior saqueo de todas las riquezas del Estado Soviético.

 

Desde entonces, Putin ha perseguido a la oposición con saña; envenenado a sus oponentes –el más reciente Alexei Navalny-; ha asesinado a periodistas críticos –entre ellos la mítica Anna Politkovskaya-; perseguido a la prensa libre, cerrando incluso medios; reprimido a los manifestantes que se manifestaban contra su poder omnímodo y establecido un régimen de corte autoritario en que toda forma de disidencia es perseguida sin contemplaciones, añadiendo a la guinda de esta tarta totalitaria y brutal la perpetuación ad eternum de su régimen por una vía dudosamente constitucional.

 

Ese estilo imperial también ha tenido su traducción en el exterior. Rusia, en estos años, ha mantenido la secesión de una parte de Moldavia –Transnistria, segregada en una cruenta guerra en 1991-, ha alentado la rebelión y también la separación violenta de Osetia del Sur y Abjasia, en Georgia, y, por último, se ha anexionado Crimea en una acción claramente contraria al derecho internacional, al tiempo que mantiene abiertas sin visos de solución las guerras de la regiones de Donbass y el Donets, habiendo sustraído a Ucrania a una buena parte de su base territorial a cuenta de este injusto conflicto y estas “adquisiciones” territoriales. ¿Quién parará a Putin en su deriva autoritaria e imperialista? Por ahora, nadie; el liderazgo occidental no es capaz de hacerle frente, esa es la triste realidad, y Puntin campa a sus anchas sin control en un mundo en caos.

 

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