Ricardo Angoso: España, cuando algunos no se enteran de que se están hundiendo
13 de julio de 2014
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España, cuando algunos no se enteran de que se están hundiendo
y otros prefieren mirar para otra parte
A mediados de los años treinta, cuando el país se encaminaba hacia una segura guerra civil y un choque de trenes irremediable, fueron muy pocos los que supieron prever la catástrofe y vaticinar el trágico futuro que se avecinaba. Los sucesos que se habían ido produciendo desde la revolución de octubre en Asturias, en 1934, hasta desembocar en el cobarde y vil asesinato del líder conservador José Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936 a manos, seguramente, de agentes de la seguridad del Estado, nos llevaron a la gran confortación civil que se produce tras el fallido golpe de Estado del 18 de julio de ese mismo año.
El general Emilio Mola, uno de los artífices de la asonada militar, llegó incluso a decir en los días que siguieron a la operación que en unos días estaría tomando café en la Puerta del Sol, en el centro de Madrid. Pero no, nada de eso, la guerra duró tres largos años, dejó un reguero de muertos y víctimas, el exilio y la cárcel para los derrotados y un odio que muchos dudan que al día de hoy se haya extinguido totalmente.

Se llegó a la cruenta confrontación civil porque era un proceso larvado de hacía años, de incomunicación entre las diferentes opciones políticas y pervivencia de unos odios sociales y políticos que no encontraron el camino institucional para dirimir sus diferencias en las instancias adecuadas. El fracaso de la Segunda República es político pero también institucional, pues donde se tenían que haber solventado las diferencias era en las instituciones y no en los campos de batallas. Eran los años del fragor revolucionario comunista y del proyecto totalitario fascista, y en medio de esa lucha, violenta, apasionada y sin un ápice de misericordia con el adversario, estaban los escasos demócratas que aun creían que era posible la convivencia democrática y el diálogo. Desgraciadamente, fracasaron y las consecuencias las pagó todo el país.
“Las personas se odian porque se temen; se temen porque no se conocen; no se conocen porque no se saben comunicar; no se saben comunicar porque se hallan separadas”, habría escrito muy certeramente años más tarde el activista Martin Luther King al referirse a otros hechos violentos. Nuestra guerra civil tuvo que ver mucho con ese odio fundamentado en la ignorancia y en la incomunicación, pero también en la falta de líderes sensatos que supieran ver los peligros que nos acechaban y poner coto de una forma efectiva a los mismos.
¿HACIA UN NUEVO CHOQUE DE TRENES?
Ahora, cuando han pasado muchos años desde aquellos luctuosos acontecimientos y para las nuevas generaciones aquello es el recuerdo de un pasado del que apenas quedan “fósiles”, vivimos momentos paralelos, unos tiempos turbulentos en que se atraviesan muchos dilemas y debates que quizá dormían, subyacían tras la sombra de la transición feliz y la democracia perfecta, pero no era así y muy pronto la historia volvió a mostrarnos que los fantasmas se empeñan en volver y vuelven bajo otros ropajes. No habrá choque trenes, pero los conflictos -quizá de baja intensidad- seguirán ahí presentes y no por no abordarlos, al estilo de lo que hace ahora nuestro presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, las cosas se resolverán por sí mismas. Puede que el espinoso asunto del referéndum independentista de Cataluña, al estilo del que celebrará Escocia en septiembre, no se lleve a cabo y que todo acabe una pacto entre el nacionalismo catalán menos radical y el Estado español, pero no cabe duda que el conflicto, que el hondo divorcio entre catalanes y españoles, seguirá latiendo y será fuente de seguros conflictos en un futuro cercano. Haber entregado, durante nuestra “santa” y desmerecidamente idolatrada transición democrática, la educación a dos gobiernos de carácter ultranacionalista, como el vasco y el catalán, fue el germen de todos los males, y así estamos.
Nada más llegar al poder los nazis en Alemania de la mano de Adolfo Hitler, en unas elecciones tan democráticas como las que ganaron los nacionalistas vascos y catalanes, lo primero que hicieron fue ejercer el control absoluto de la educación y poner fuera de juego a miles de enseñantes y educadores no afines a la causa nacionalsocialista. Se generó e inculcó desde las escuelas y universidades una cultura del odio sustentada en el odio al diferente, bien fuera judío, homosexual, comunista, liberal o gitano, y fundamentada en la supuesta verdad científica de la desigualdad de las razas. Los judíos pasaron a ser “subhombres” en la terminología nazi, seres humanos que no valían nada y debían ser exterminados, y la historia fue vilmente manipulada.
Por ejemplo, en un texto infantil de la Alemania nazi se podía leer:”Existen setas buenas y setas malas. Existen buenas personas, y malas personas. Las malas personas son los judíos”. Unos años más tarde, esos jovencitos nazis serían los ejecutores de los peores crímenes y los responsables de la mayor matanza de la historia de la humanidad: el Holocausto.
ESPAÑA NOS ROBA; CATALUÑA, OCUPADA
De la misma forma, el gobierno nacionalista catalán, principalmente bajo el mandato de Jordi Pujol y también después, vendió la idea de que “España nos roba”, supuestamente sus dineros, y que estaba ocupando de una forma ilegítima Cataluña, como si se tratara de un territorio colonizado por un ejército ajeno a su idiosincrasia y cultura. Se tergiversó deliberadamente la historia, se crearon falsos mitos, como la existencia de una nación catalana en un lugar perdido y difuso de la historia -falso: realmente Cataluña nunca fue independiente- y se manipularon los símbolos y determinados episodios históricos en aras de servir a la causa de la patria grande.
Así, el español pasó a ser la lengua del “ocupante”, del oprobioso conquistador, cuya simple utilización era estigmatizada y sus hablantes, como si fueran los nuevos judíos en el catecismo nacionalista, señalados como “traidores” y apestados. Se proyectó una idea de una nación que no existía, incluso con un proyecto imperial, como los fantasmagóricos “países catalanes” que no se creen ni los más estúpidos devotos de la causa, se generó una dinámica política de amigo-enemigo en el escenario catalán y se consiguió -quizá premeditadamente- dividir a la sociedad en un debate innecesario, yermo y que crispaba hasta el límite al país. Pero ya se sabe, a río revuelto, ganancia de nacionalistas.
Llegados a este punto, el debate ha encallado en un punto muerto, se ha convertido en un diálogo de idiotas donde cada uno se reafirma en sus posiciones, pero sobre todos los nacionalistas; algunos miran hacia otro lado, como si el asunto no fuera con ellos -los socialistas, en plena caída sin red en intención de voto en Cataluña- y el gobierno sigue en sus trece de impedir a toda costa la consulta. El país, que no anda para sobresaltos y está sumido en una profunda crisis de identidad debido a la corrupción moral, política y ética que nos embarga, no sabe, como los pobres pasajeros del Titanic antes de zambullirase para siempre en el fondo de la eternidad, que se está hundiendo. Los españoles desconocen la magnitud de su tragedia y tampoco presagian una salida en el corto plazo porque quizá no la hay. Mientras que, en la otra parte, en el bando de los nacionalistas que anhelan la destrucción de la Patria, se va descubriendo cada día que pasa la ruindad de sus acciones durante sus años de gobierno, el saqueo de las arcas públicas en beneficio de sus intereses personales, pero, como ya se sabe, el falso patriotismo es el refugio de todos los sinvergüenzas, como lo son los Pujol y compañía. No obstante, esa ya es otra historia para otro día.

Ricardo Angoso
Periodista español
rangoso@iniciativaradical.org/web
@ricardoangoso
