LA IRREVERSIBLE AGONÍA DE LA SOCIALDEMOCRACIA EN EUROPA
Por Ricardo Angoso
Ya no existen partidos socialistas o socialdemócratas en casi todos los países de Europa del Este y los Balcanes, en un largo proceso que comenzó tras el final del comunismo en esta parte del continente, allá por el año 1989, y que ha concluido finalmente en estos años. Ni en Polonia, ni en Hungría, ni en Rumania, ni en tantos otros países, hay ni rastro de los antaño partidos comunistas, reconvertidos después en socialistas para maquilarse tras décadas de inútiles y fracasadas dictaduras de dicho color político. Pero tampoco a los socialistas y socialdemócratas de Europa Occidental les ha ido mejor, sino que no han sido capaces de adaptarse a los nuevos tiempos, cambiar sus obsoletos discursos y conectar con las nuevas sociedades cambiantes. Al igual que a los dinosaurios que desaparecieron hace aproximadamente 66 millones de años, al final del período cretácico, los partidos socialistas y social demócratas han consumido su ciclo histórico tras una larga agonía.
Tras la Segunda Guerra Mundial, concretamente a partir de 1945, la escena política europea estuvo dominada por los partidos de corte democratacristiano, o simplemente liberales, y, en la izquierda, por los partidos socialistas o socialdemócratas, que se alternaban ambos en el poder sin apenas discusión ni competencia política. Salvo los casos concretos de Italia, Portugal y Francia, donde los partidos comunistas alcanzaron algunos éxitos electorales en algún momento de la historia de estos países, en ningún país de Europa Occidental las formaciones de esta ideología política obtuvieron buenos resultados y siempre fueron fuerzas minoritarias.
Sin embargo, los partidos socialistas y socialdemócratas, a diferencia de los comunistas, siempre fueron determinantes, sino gobernantes, en el Reino Unido, Francia, Italia, Grecia, Alemania, España, Austria, Portugal, Noruega, Suecia, Finlandia y Dinamarca. Sin embargo, en los ochenta y en los noventa, con varios de ellos en el gobierno, los partidos socialistas francés, italiano y griego sufrieron graves crisis propiciadas por sonados escándalos de corrupción, incapacidad para hacer frente a sucesivas coyunturas económicas adversas y un contexto interno electoralmente volátil, en que la extrema derecha empezó a ser una fuerza competidora en términos de poder como alternativa viable y al alza en muchos casos, como fue especialmente en este siglo en los casos de Francia, Italia, España, Austria y también Alemania.
En Francia, el Partido Socialista Francés (PSF), tras haber dado varios presidentes y ser un partido protagónico de la vida política de este país, ha visto como la extrema derecha y una fuerza alternativa a su izquierda, LFI, compiten por su espacio y se han convertido en alternativas con opciones de poder gobernar. De la misma forma, tras un rosario de escándalos de corrupción de varios de sus líderes e incapaces de renovarse, los socialistas italianos -el PSI- acabaron haciéndose el harakiri y desaparecieron para siempre. Algo parecido le pasó el PASOK griego, un auténtica máquina de corrupción desenfrenada, que ha pasado de ser un actor central en la vida política helena a convertirse una fuerza minoritaria y marginal, con una intención de voto por debajo del 15% en casi todas las encuestas.
Hay muchos más casos de esta grave crisis de la socialdemocracia europea, como Austria, Alemania, el Reino Unido -los laboristas, pese a estar en el Gobierno británico aparecen hoy en tercer lugar en todas las encuestas detrás de los conservadores y la extrema derecha- y los Países Bajos, por poner solamente algunos ejemplos, y la explicación a la misma responde a varias razones. El voto obrero ya no es patrimonio de la izquierda, tanto socialdemócrata como comunista, sino que la extrema derecha ha sido muy habilidosa a la hora de captar ese voto y ya cuenta con importantes “caladeros” de votantes entre los sectores sociales más desfavorecidos. Pero también la extrema derecha ha sabido captar, aprovechando el malestar reinante y la falta de empatía de los grandes partidos, al voto joven, que ya es mayoritario en la mayoría de las fuerzas ultras europeas -AfD, Vox, Frateli de Italia, Reform UK y otros-. No cabe duda que el discurso socialdemócrata, apelando al “cordón sanitario” contra los ultras y al miedo con la manida coletilla de que vienen los “fascistas”, ya no funciona ni moviliza al electorado para ganar elecciones.