Aumenta la inseguridad en Argentina sin que el gobierno haga nada

Plaza Once, tierra de nadie

Los asaltan en las paradas, de manera cada vez más violenta. También sufren arrebatos cuando suben a los micros, una vez que están arriba e incluso por las ventanillas. Casi no se ven policías.

En riesgo. El momento de mayor peligro para la gente es cuando espera en las paradas o está a punto de subir al colectivo. Los ladrones actúan sin que nadie los moleste, según los vecinos./MARTIN BONETTO

El día en que la iban a asaltar, Irma Castillo salió cansada del trabajo. Caminó hasta Plaza Once y evitó cruzar por el medio, a pesar de que bordearla le llevaría más tiempo. Pero ya había visto varios robos allí y ese era uno de sus recaudos. Por Ecuador, llegó hasta Bartolomé Mitre y empezó a esquivar gente. En un momento, mientras esperaba el colectivo 32 para ir a su casa de Parque Patricios, se acordó de que tenía que recargar su tarjeta SUBE. Metió una mano en un bolsillo, sacó el monedero y en un instante un ladrón ya se lo había arrebatadoy se alejaba corriendo. Quiso darse vuelta para mirarlo, pero vio que otros jóvenes se le ponían adelante para evitarlo.

Fue un viernes a las seis de la tarde, hora pico en esta zona. Ese mismo día, Irma Castillo iba a presenciar otro robo. “Subí al colectivo y me llamó la atención un grupito de jóvenes que se quedó abajo. Pensé que querían saludar a alguien apenas arrancara el colectivo, como en las películas. De golpe se acercaron y uno saltó y por la ventanilla le arrebató el celular a un pasajero que iba hablando, sentado en su asiento”, cuenta.

Lo que ocurre en Plaza Once no es una película: según el relevamiento del Mapa del Delito que realizan los vecinos, entre el 1° de noviembre de 2013 y el 1° de mayo de 2014 la gente de la zona denunció 348 de delitos, a un ritmo de dos por día. En los alrededores de la plaza, las organizaciones vecinales contabilizaron otras 401 denuncias en el mismo periodo. Toda el área es el escenario predilecto de los ladrones que atacan a pasajeros de colectivo, ya sea en las paradas, cuando están subiendo o adentro de los micros.

“Lo que nos sorprende es la violencia que hay en los robos”, dice Nelson Durisotti, coordinador del Mapa del Delito. “ Aumentó un 25 por ciento la violencia comparando con el relevamiento anterior que hicimos”.

A Irma, por ejemplo, cuando se le leen las estadísticas comenta haber visto a una pasajera subiendo al colectivo 41 mientras un ladrón la tomaba de una oreja para arrancarle un aro. Y así puede enumerar decenas de casos más.

Ahora son las cuatro de la tarde de un viernes en la Plaza. Algunos evangelistas toman un micrófono y hablan de Dios y del diablo para unos pocos, que los miran y escuchan sentados. Hay prostitutas trabajando sobre la vereda de Rivadavia, desde la calle La Rioja hasta Ecuador. Sobre Bartolomé Mitre, en diagonal al santuario que recuerda a las víctimas de Cromañón, un comerciante acepta hablar con Clarín. Aquí, como en tantos territorios, todo el mundo sabe lo que ocurre: vecinos, comerciantes, transeúntes, puesteros. Todos menos la Policía.

El comerciante comenta que las bandas que operan en la plaza se van renovando. Que la anterior estaba compuesta por una familia de gitanos, de entre 12 y 14 integrantes. “Vos veías robos entre las 11 y las 14 y llamabas al 911 y no venía nadie. Sentíamos que era zona liberada. Eran siempre los mismos. Te apretaban entre varios, hacían robos ‘piraña’. Hoy, la nueva banda se dedica a asaltar a los pasajeros de colectivos”, agrega.

Según el puestero, uno de los integrantes de la banda primero recorre la zona en bicicleta para ir marcando posibles víctimas. Luego otros van, roban y enseguida se cambian de ropa para seguir dando vueltas sin que los reconozcan. Después, explica, hay otra organización que se ubica sobre Rivadavia, cerca de Pueyrredón. Son pungas de nacionalidad peruana.

El día en que la iban a asaltar, Claudia Carlos se sentía muy bien. Había salido del hospital Ramos Mejía, después de conocer a su primera nieta. Caminó hasta Plaza Once y empezó a buscar la parada del colectivo 98, que la llevaría hasta su trabajo, en Avellaneda. “Me trabaron las piernas, me caí, se me cayó la cartera y se la llevaron. Adentro tenía dinero, el celular y la cámara con las fotos de mi nieta recién nacida. Perdí todo. Y siempre veo lo mismo”, explica. Y agrega, porque esa fue la única vez que la asaltaron pero no la única que lo intentaron: “¿Sabés lo que hacen? Cuando está por arrancar el colectivo corren y tratan de manotearle algo al último que sube, que está de espaldas y no los ve. Yo zafé porque en los bolsillos no tenía nada”.

Otra modalidad son los robos arriba de los micros, siempre en la terminal de Once. Los ladrones suben y se quedan cerca de las puertas. Justo antes de que el colectivo arranque, arrebatan a cualquiera que esté ubicado en los alrededores de las puertas y bajan corriendo.

Claudia, igual que todos en el barrio, han visto decenas de robos.

Lo que nunca presenciaron fue una detención. La única Policía que se ve en la plaza es la Metropolitana, pero está lejos de donde ocurren los robos, en Rivadavia y Ecuador. “Antes había un policía de la Federal. Los ladrones lo veían y se iban para otro lado. Pero lo sacaron. Ahora no hay ni uno que figure. Los ladrones no son gente en situación de calle. Son tipos que vienen a ‘trabajar’. ‘Laburan de esto’. Y lo hacen porque saben que no pasa nada ”, repiten las vecinas.

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