RUSIA Y UCRANIA, TAMBORES DE GUERRA

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Mientras al parecer Rusia concentra miles de hombres en la frontera con Ucrania, el presidente norteamericano, Joe Biden,  y el ruso, Vladimir Putin, conversaron sobre el conflicto que enfrenta a rusos y ucranianos. Las espadas están en alto y se prevé un invierno caliente, toda vez que tanto la OTAN, como la Unión Europea y Estados Unidos, ya han advertido que una intervención rusa en Ucrania tendría fatales consecuencias para todos.

Por Ricardo Angoso

Para nadie es un secreto a estas alturas que Rusia está detrás, apoyando con armas, hombres e incluso pensiones, a los separatistas del Donbás, una región conformada por las antiguas provincias ucranianas de Lugansk y Donetsk. La guerra comenzó en abril del año 2014, cuando tras un cambio político en Kiev, que dio pasó a un gobierno de corte derechista y desplazó a un prorruso de la presidencia, se creó un clima de temor en la minoría rusa de Ucrania -alrededor del 20% de la población-, pensando, quizá con razón,  que su idioma y sus derechos se verían relegados e incluso desplazados por el nuevo ejecutivo.

De esta forma, en estas regiones, donde la minoría rusa superaba el 35% de la población, los secesionistas, jaleados por Moscú y Putin, ocuparon todas las instalaciones oficiales ucranianas, incluidos cuarteles, comisarías y centros de poder, y se alzaron en armas contra Kiev, que supuestamente pretendía vulnerar sus derechos. Desde el año del comienzo de la guerra hasta ahora, en que hubo combates muy virulentos y al principio una clara ventaja de los secesionistas, sobre todo debido al apoyo de Rusia, ha habido más de 15.000 bajas, muchas civiles a causa de los bombardeos y lanzamiento de misiles sobre poblaciones indefensas por ambas partes. La guerra sigue su curso, aunque con una intensidad menor que al comienzo, pero nunca había estado la situación más tensa que ahora.

Unas semanas antes de que comenzara la crisis en Donbás, Rusia se anexionó Crimea, en un acto que se puede considerar a la luz del derecho internacional como “ilegal”, pero que tenía algunos elementos a su favor porque había sido anexionado a Ucrania en 1954 de una forma que no respondía a criterios étnicos e históricos y porque, además, el 60% de la población pertenecía a la minoría rusa. Luego había razones de índole estratégica, como la presencia en la ciudad de Sebastopol de una importante base militar de la Armada rusa. 

Para sellar esta histórica anexión, Putin inauguró, en noviembre de 2019, un puente de 19 kilómetros de largo que une a Crimea con la Federación Rusa, en un hecho que tensionó, aún más, las frágiles relaciones entre Ucrania y Rusia. Las últimas administraciones ucranianas, a pesar de que varias cancillerías occidentales mediaron en favor de Kiev, entre ellas las de Alemania y Francia, no han tenido mucho éxito a la hora de reducir las tensiones con Moscú y tampoco los acuerdos firmados entre los occidentales, ucranianos y rusos tendentes a favorecer un proceso paz -Minsk I y II- han tenido éxito, sino más bien lo contrario. Pese a todo, la crisis se quedó en el congelador y no ha ido a mayores, aunque la misma le ha costado a Rusia, en términos económicos debido a las sanciones de los Estados Unidos y la Unión Europea (UE), altos costes, aunque Putin se niega a variar ni un ápice en su política exterior, quizá debido a que las sanciones siempre afectan a la gente ordinaria y no a la nueva nomenkatura rusa.

TENSION CRECIENTE EN LA FRONTERA

Ahora, sin embargo, las cosas son bien distintas y la situación en la frontera ruso-ucraniana es muy tensa, casi sin parangón desde los tiempos de la Guerra Fría, y la concentración de tropas rusas, bien sea para intimidar o simplemente como exhibición de fuerza ante Ucrania y también ante Occidente, hace presagiar un invierno caliente. Ucrania ha anunciado abiertamente que no descarta una intervención rusa, en forma de ocupación militar en su territorio, algo que tendría unas consecuencias terribles para todo el continente.

De una parte, Estados Unidos y la OTAN, que han asegurado que garantizarán la integridad territorial de Ucrania, tendrían que hacer algo y verse implicadas en la crisis, tanto política como militarmente. Pero, además, el presidente norteamericano Joe Biden, apenas en su primer año de mandato, se vería arrastrado a un conflicto que daría el pistoletazo de salida hacia una suerte de nueva Guerra Fría de impredecibles consecuencias, en la que estaría en juego su prestigio, imagen y, sobre todo, los intereses de los Estados Unidos ya no solamente en Europa, sino a nivel global. Una derrota en Ucrania, una nueva concesión a Rusia como se hizo en Crimea, arrastraría al mundo a una cascada de nuevos conflictos y contenciosos en la periferia rusa, en lo que antaño fue la antigua Unión Soviética. Sería dar luz verde a Rusia, tal como lo hizo el nefasto Trump en Siria al entregar este país en manos de Putin, para que Moscú haga y deshaga en el mundo, pero sobre todo entre sus vecinos, y establezca un nuevo Imperio ruso siguiendo las viejas concepciones del siglo XIX y XX.

La situación es crítica, aunque algunos no lo crean y se muestren escépticos, y parece casi una copia calcada de la crisis de los misiles de 1962 en Cuba, en que Rusia, de la mano de Nikita Jrushchov y los Estados Unidos, liderados por John Kenedy, casi provocan una hecatombe nuclear cuando los soviéticos pretendían instalar unos mIsiles con cabezas nucleares en la isla caribeña comandada por el sátrapa Fidel Castro. 

Ahora, si las pretensiones rusas son anexionarse las regiones del Donbás, que parece ser el último objetivo de la acción militar en ciernes, podríamos estar ad portas de una de las más graves crisis mundiales desde el final de la Guerra Fría y la ya citada de 1962, y del comienzo de una nueva era en las relaciones entre Occidente y Rusia. A estas tensiones, y pretensiones rusas, hay que añadirle la reciente crisis en la frontera entre Bielorrusia -gran aliado y amigo de Rusia- y dos países de la UE y la OTAN, Polonia y Lituania, cuya crisis migratoria entre ambas partes provocó desplazamientos militares y una tensión que se fue reduciendo a medida que fue reinando el sentido común. Sin embargo, como decíamos al principio de esta nota, la reunión virtual entre Biden y Putin deja en el camino algunas esperanzas de que, al final, se imponga la diplomacia y la política sea capaz de dar con la respuesta a este conflicto de larga data. Si no es así, será el tiempo de prepararnos para la guerra que se avecina. Continuará.

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