Vladimir Putin, admirado tanto por la extrema derecha como por la extrema izquierda

VLADIMIR PUTIN, EL HILO CONDUCTOR QUE COMUNICA A LA EXTREMA DERECHA CON A LA EXTREMA IZQUIERDA Y VICEVERSA

Por Ricardo Angoso

Durante años, numerosos líderes europeos de la extrema derecha europea y norteamericana visitaron al sátrapa ruso Vladimir Putin y consideraban al Kremlin una suerte de nuevo oráculo de Delfos. Ahora, muchos se rasgan las vestiduras, se arrepienten de esas visitas e intentan borrar para siempre las pruebas de esos encuentros con el carnicero de Moscú. El mismísimo Donald Trump elogió a Putin por la forma en que manejó la crisis de Crimea y por su liderazgo sin escrúpulos. También la extrema izquierda le siguió y le sigue el juego al carnicero de Ucrania.

Putin concitaba el apoyo y la admiración de personajes tan dispares como Donald Trump, el presidente venezolano Nicolás Maduro, el candidato ultraderechista francés Éric Zemmour, la conocida líder francesa Marine Le Penn, el presidente sirio Bashar al-Asad, el estratega político Steve Bannon, el ex ministro italiano y líder ultra Matteo Salvini, el primer ministro húngaro Viktor Orbán, el presidente ultraconservador brasileño Jair Bolsonaro y el ex canciller alemán Gerhard Fritz Kurt Schröder, entre otros.

Putin, realmente, no tiene ideología y utiliza a sus amigos para debilitar a Europa y colateralmente a Occidente, que es su verdadero objetivo, tal como ha quedado probado en numerosas ocasiones, y para expandir su influencia en los países donde puede hacer mayor daño a los Estados Unidos. Rusia apoyó el Brexit, alentó y mantuvo relaciones con los independentistas catalanes para provocar la secesión de Cataluña, envió fondos a los candidatos que eran claramente antieuropeístas, como era el caso de Marine Le Pen, y coquetea con todos los grupos que cuestionan abiertamente a la Unión Europea (UE), una de sus bestias negras junto con la OTAN.

Las concepciones ideológicas de Putin se nutren de los delirios nacionalistas inspirados por un filósofo ultraconservador, cercano a las ideas fascistas e ideólogo de la Rusia Blanca, Iván Ilyín, y de unas concepciones neoimperiales inspiradas en las zonas de expansión de Rusia hacia el Este y el mar Negro cuyo origen se remontan a los tiempos de Catalina la Grande. Ilyín fue sacado del olvido por Putin, quien ordenó que sus restos fueron trasladados desde Suiza, donde se había exiliado el “ilustre” simpatizante de los nazis, y fuera enterrado con todos los honores casi en un funeral de Estado en tierras rusas. Putin conoce sus textos, lo cita frecuentemente y el autor se ha convertido en una fuente de inspiración que consulta con frecuencia, su ariete preferido para atacar a Occidente y un útil y primario sustento ideológico en su lucha contra el mundo.

Mientras la extrema izquierda calla o justifica la agresión rusa contra Ucrania, escudándose en un falso “no a la guerra”, y exhibiendo un nivel de movilización bajo en comparación con otras guerras iniciadas por los norteamericanos, como la de Irak, los movimientos nazis y de extrema derecha tanto en Estados Unidos como en Europa no ocultan sus simpatías hacia el dictador ruso. Repiten machaconamente los argumentos del Kremlin, en el sentido de que Ucrania está gobernada por un grupo de drogadictos, delincuentes y neonazis, y que los ucranios fueron muy lejos en sus pretensiones por integrarse en la UE y la OTAN.

EL DISCURSO DEL KREMLIN PERMEA LOS DOS EXTREMOS
Existe un hilo conductor entre los argumentos de la extrema derecha y la extrema izquierda europea en lo que respecta a la guerra de Ucrania y el mismo conduce siempre al Kremlin, quien maneja sus redes, medios y agentes contaminantes, como calamares arrojando tinta intentando crear confusión en el universo mediático, para contrarrestar los argumentos occidentales y manipular la realidad. Moscú trata de justificar la agresión e invasión de Ucrania como una respuesta a una supuesta persecución de la minoría rusa en este país y a una suerte de conjura occidental para integrar el país en la OTAN, sirviendo en el futuro como plataforma desde la que atacar a Rusia, cuando realmente ha sido todo lo contrario.

Rusia lleva agrediendo a Ucrania desde el año 2014, cuando se anexionó Crimea aprovechando el vacío de poder en Kiev tras la revolución del Euromaidán, en un hecho contrario al derecho internacional y que no ha sido reconocido por la comunidad internacional. Ese mismo año comenzó la guerra en el Donbás y la mano rusa estaba detrás de la misma. Armadas, financiadas y apoyadas por Moscú, las milicias secesionistas comenzaron su guerra contra Kiev y se atrincheraron en el Donbás, ahora bajo control ruso y seguramente próximo territorio a anexionarse por Rusia.

Cuando ocurrieron todos estos hechos, el presidente Trump coqueteaba con Moscú y apoyaba abiertamente a Putin, tal como señala el canal de noticias en español CNN: “En cuestión de semanas, Trump elogió a Putin por cómo manejó la toma de Crimea y predijo que “el resto de Ucrania caerá… con bastante rapidez”. Haciéndose eco de la propaganda del Kremlin, Trump dijo en una entrevista televisiva que el pueblo de Crimea “preferiría estar con Rusia”, una posición que también promovió en privado. Uno de sus asistentes de campaña de 2016 afirmó falsamente que “Rusia no se apoderó de Crimea”.

El objetivo final de esta guerra contra Ucrania parece ser la partición del país y la articulación de un gran corredor territorial desde el Donbás hasta Crimea e, incluso, si cayera la importante ciudad portuaria de Odesa, llegado el caso hasta la misma frontera de Ucrania con Moldavia. Ucrania perdería así toda posibilidad de acceso al mar Negro y perdería su conexión con los mercados globales por la vía marítima. Si este escenario se diera, algo que parece al alcance de la mano de los rusos dada la desproporción de fuerzas entre ambos ejércitos en favor de Rusia, el riesgo de unir a dicho corredor con la región ocupada de Transnistria, en Moldavia, sería muy alto y el conflicto se desbordaría ya hasta consecuencias impredecibles. Occidente, remiso a una confrontación directa con Rusia en aras de evitar una tercera guerra mundial, se vería entre la espada y la pared. Y tendría que elegir entre la definitiva sumisión a Moscú para siempre o una guerra en pro de las libertades y la democracia. Difícil disyuntiva.

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