Diálogo con las FARC, a punto en Bogotá

COLOMBIA

Ricardo Angoso

Todo hace indicar que el acercamiento del Gobierno de Juan Manuel Santos a la guerrilla de las FARC para iniciar un proceso de diálogo que acabe con la entrega de las armas de la banda terrorista es ya una realidad en ciernes, aunque son muchos los que alertan de los peligros de tender la mano a esta sanguinaria banda.

Bajo la excusa y el pretexto de allanar el camino ante la perspectiva de la exclusión de Cuba en la cumbre de Cartagena, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, se presentó en La Habana y se reunió con el presidente venezolano, Hugo Chávez, y el comandante Raúl Castro. También Santos trató de desactivar la amenaza de los países bolivarianos de boicotear la cumbre ante la inasistencia de Cuba, tal como el presidente de Ecuador, Rafael Correa, ya anunció en Caracas. Cabe imaginar que en un diálogo de estas características, dado el despliegue dialéctico habitual de los dos líderes caribeños, el presidente Santos hablaría de otras cosas, aparte del manejo de la Cumbre de las Américas, a celebrar en Cartagena de Indias los próximos 14 y 15 de abril de 2012.

Y es que en los últimos tiempos el ambiente en Bogotá se está caldeando para iniciar, de nuevo, lo que algunos denominan como un proceso político que acabe desembocando en una nueva negociación entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejecutivo de Bogotá que preside Santos. Hay muchos indicios que hacen presentir que se está preparando el escenario para en unos meses poner en marcha un “diálogo”, tal como ocurrió en el pasado con otras tentativas. La Habana hubiera sido la puesta en escena internacional del proyecto. Y Santos, así, va preparando al público colombiano ante tan previsible desenlace.

Por ejemplo, el cada vez más acendrado protagonismo de la exsenadora Piedad Córdoba en el “proceso” en ciernes –no reconocido oficialmente pero cada vez más presente–, exigiendo una negociación casi sin condiciones entre las partes y un inaceptable cese de hostilidades por parte de las Fuerzas Armadas colombianas, hace presuponer a muchos analistas que la política suspendida en su momento podría ser el canal utilizado por Santos para hacerles llegar a las FARC el mensaje de que ahora es el timing adecuado. Si ese es el cauce, resultaría inadmisible para muchos, ya que las demandas de la inefable Córdoba son casi simétricas al cien por cien con las de los mandos de las FARC.

Abrir el diálogo
Luego está la insistencia en señalar desde determinados oráculos mediáticos, como el oficialista y santista periódico El Tiempo de Bogotá, la imperiosa necesidad de abrir este “diálogo” cuanto antes, no defendiéndolo abiertamente sino cuestionando y deslegitimando a aquellos que, como el expresidente Álvaro Uribe, se oponen con uñas y garras a toda concesión a las FARC si antes no cesan en sus acciones criminales. Lógico, por otra parte.
Pero hay más indicios: la cada vez más constatada cercanía de cierta izquierda al proyecto de “unidad nacional” del presidente Santos, como ocurre con el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, y sus progresistas y algunas ONG claramente en la órbita de las FARC, representa la recreación de una suerte de consenso —ficticio y artificial, pues la opinión pública se opone— para comenzar a dar los pasos en pro del dichoso “diálogo”.
Incluso izquierdistas notorios y exguerrilleros como León Valencia, de la Corporación Nuevo Arco Iris, ya hablan abiertamente de abrir unas conversaciones políticas con las FARC y sentarse a negociar casi sin condiciones previas. Valencia ni siquiera habla de poner fin a los secuestros y liberar a los cautivos amarrados a los árboles durante décadas, sino de poner los rieles para reconducir políticamente el “conflicto” y dar alas a las FARC para participar en la vida social y política del país.
Así se expresa Valencia abiertamente: “Es más barata, más realista y, sobre todo, más humana, la decisión de negociar. Nos ahorraremos miles de muertos. Empezaremos más pronto la reconstrucción del país. Las Farc hicieron lo que el presidente Santos les pidió una y otra vez en público y en privado”.

Un secreto a voces
Pese a todo, caminar sobre este sendero es andar sobre un campo minado, y nunca mejor dicho, pues los ataques de las FARC están al orden del día, la banda no ha renunciado todavía a la vía armada y el secuestro es una práctica habitual por parte de esta banda criminal. Luego está el trato inhumano y degradante que inflige a sus rehenes, sometiéndolos a una tortura injustificable al tenerlos encadenados durante años y humillándolos sin en el menor miramiento.
Pero, pese a todo, el presidente sigue hacia adelante desdeñando la política de “seguridad democrática” que desarrolló su antecesor, que, por cierto, tantos éxitos cosechó y arrinconó a las FARC en términos militares, y sigue apostando a un “juego” muy arriesgado en términos políticos, cuya única explicación sería su bien ganada fama de buen jugador de póquer.
Como señalaba muy acertadamente el analista Jorge Monroy,”incluso a pesar de que ya es un secreto a voces, una negociación política parece estar en la agenda de todo el mundo, casi como si de alguna manera alguien le hubiera puesto pausa a las clases gobernantes colombianas, mientras Uribe llevaba a cabo la política de seguridad democrática. En este contexto, voces de todos los sabores y colores tienen a todo el mundo con la agenda de la paz a flor de boca, mientras el mismo Santos no ha hecho ni siquiera alguna referencia al particular”, explica el analista político.

Juego arriesgado
El presidente Santos se comporta como una esfinge, manifestándose con ambigüedad al respecto y despreciando abiertamente a los uribistas, víctimas, claro, de una vendetta política apenas reconocida que ha tenido ya entre sus perjudicados al exministro Luis Felipe Arias y al excomisionado de paz Luis Carlos Restrepo, el primero de ellos detenido y el segundo, huido de la justicia en paradero desconocido. Parece como si un pacto no escrito entre Uribe y Santos se hubiera roto, como si el antiguo nexo que les unía en el pasado fuera ya un recuerdo de un tiempo cercano pero que ahora se antoja como una eternidad.

Jugar a gran líder
El presidente colombiano que quiere jugar a gran líder en la escena internacional y que no desdeña en su proyecto personal la reelección para el 2014, aunque él lo niegue como buen animal político que es, sabe que la consecución de la paz le daría un rédito electoral que iría más allá del ámbito nacional. Incluso Santos, que siempre tuvo sus nunca ocultados aires de grandeza, aspira en sus delirios hasta con el Nobel de la Paz y como carambola final la Secretaría General de las Naciones Unidas una vez concluya su mandato. Su ambición no tiene límites, aunque en el camino haya víctimas colaterales.
Sin embargo, en política los dos años que le faltan aún para concluir su mandato son demasiado tiempo, sobre todo en Colombia, para hacer certeros pronósticos.
Puede que el presidente Santos tenga éxito en sus gestiones para llevar a cabo sus controvertidos diálogos, incluso que para ello se haya blindado con los importantes apoyos de Cuba y Venezuela para recorrer ese vía crucis. Pero no es menos cierto que todas las anteriores tentativas —incluida la del presidente Uribe, que designó como mediador a Chávez— han fracasado y han llevado al descrédito absoluto y total a los que las han auspiciado, como fue el caso del conservador Andrés Pastrana. Su legado para la historia, el pastranismo, es hoy considerado como una etapa deleznable por una gran mayoría de colombianos. Y sus tácticas con respecto a las FARC, tan inútiles como ineficaces, son señaladas despectivamente como el “caguanismo”, en referencia a la región del Caguán que el presidente de entonces despejó para que los guerrilleros camparan a sus anchas, y nunca mejor dicho: nunca abandonaron sus actividades criminales y terroristas.
La apuesta de Santos es muy arriesgada y debería de prever, aunque sus sonrientes asesores no se lo digan, como un previsible escenario el fracaso.

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