¿El fin del buen periodismo?

¿El fin del buen periodismo?

Por Ricardo Angoso

Observo con preocupación que la mayor parte de la gente joven —entiéndase entre los 18 y los 39 años— ya no lee nada o, si lo hace, es a través de las redes sociales. Se ha abandonado el buen periodismo, con sus reportajes, entrevistas, cortos análisis, ensayos, crónicas, artículos de opinión, editoriales, columnas de calidad y tribunas, en favor de informaciones cortas, poco cuidadas, nada documentadas y peor escritas, o simplemente balbuceos por ignorantes en Instagram, TikTok, Facebook y X, principalmente.

Cualquier majadero se cree ahora con derecho a opinar, a escribir, a exponer sus babosadas e intervenciones sin ningún rigor ni capacidad de análisis, carentes de objetividad y de información valiosa, para acabar exponiendo en las mal llamadas redes sociales (¿?) ideas inconexas, poco desarrolladas y que, sinceramente, no aportan nada de nada, tanto en términos informativos como al bagaje intelectual de un ser racional.

La proliferación de youtubers, influencers, creadores de contenido, líderes de opinión, referentes digitales o personas influyentes, por citar solamente algunos de los miles de personajes que pululan por el universo de las redes sociales, es directamente proporcional a la escasa valía y a la inútil información que nos proporcionan muchos de ellos. ¡Cuánto se echan en falta aquellos tiempos de los grandes reportajes escritos por Ryszard Kapuściński, Robert Fisk y Ernest Hemingway! Por no hablar de las grandes entrevistas de Oriana Fallaci, quien, con un solo libro, Entrevista con la historia (Intervista con la storia), nos legó algunas de las más grandes páginas de la historia del periodismo, con unas entrevistas realmente ejemplares, profundas y absolutamente actuales en estos tiempos de ocaso y decadencia.

Esta gente, incluido el gran público que les sigue, no sabrá ni de qué estoy hablando. Todo esto les sonará a chino y, mientras el planeta sigue dando vueltas, continuarán con su retahíla de majaderías que, a fuerza de repetirlas y acumular «likes», acaban creyéndose una suerte de elegidos para la gloria, incluso, llegado el caso, «intelectuales». Qué decadencia tan brutal vivimos sin apenas saberlo.

Este gran periodismo ha sido sustituido por un sinfín de personajes sin ninguna profundidad, cultura, preparación, capacidad de análisis, rigor o profesionalidad, sino más bien todo lo contrario. Todo fluye sin ningún orden, exponiendo ideas realmente banales, superficiales y estúpidas, sin ninguna preparación previa, sin presentar a los entrevistados o a quienes hablan impunemente, disparando las más absurdas estupideces, quedándose tan anchos al soltarlas y derrochando su ignorancia sin ningún pudor porque saben que sus miles —o millones— de seguidores son, en muchos casos, tan ignorantes como ellos.

Ya no hay análisis como antes, ni capacidad de estudio y reflexión. El mundo está en manos de unos desalmados que proliferan como hongos en una selva caracterizada por la mediocridad, la incultura manifiesta, la falta de preparación a la hora de expresarse y un lenguaje banal, incluso vulgar y sin ningún fundamento. Los grandes titulares, que anunciaban un buen reportaje o un dossier explicativo sobre algunas cuestiones de interés, han dado paso a los mensajes cortos, incluso con faltas de ortografía, a informaciones sin ningún fundamento y a la pérdida de la vergüenza en nuestras redes. Todo el mundo tiene derecho a escribir y a publicar en X o Facebook sus disparates. ¡Hasta los presidentes muestran su ignorancia supina! Este fue uno de los últimos trinos del expresidente de Colombia, Gustavo Petro, en la red X: «Gracias General, yrayemos de dar lancifras de seguridad dw los cuytoa años».

Así, habiendo naufragado en este marasmo de mediocridad reinante y generalizada, sin un atisbo de vislumbrar una pizca de sentido común que nos permita volver al buen periodismo, que tenía más que ver con la literatura que con la escritura zafia y vulgar, estamos en el punto de inflexión que definitivamente separará el mundo de ayer, el de los grandes periodistas capaces de habernos legado gloriosas páginas, al de hoy caracterizado por esta vulgaridad ramplona e imperante que ahora nos domina. Qué tragedia.

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