El patético show de Zelaya

El show de Zelaya
El asunto fue que al vaquero Mel no le dieron tiempo de montarse en su caballo. De la única forma como suelen actuar los militares – los de aquí y los de allá– Zelaya fue sacado en piyamas y cuando abrió los ojos estaba en Costa Rica
Por: Elizabeth Araujo
 
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    Nadie podrá negarlo. El mundo acaba de presenciar un trepidante episodio de aventura, como hacía tiempo no se registraba en este lado del charco.

    Un oligarca el más rico, dicen, de Honduras  devenido en Presidente, y más tarde sargento de la tropa del ALBA, se apresta a cumplir el guión que Hugo Chávez le ha escrito a los mandatarios de la región: acusen a los oligarcas de conspirar contra el pueblo, hagan un referéndum y proclamen la reelección presidencial indefinida. Si pierden la consulta con la venia del señor Insulza  bien pendejos son.

    El asunto fue que al vaquero Mel no le dieron tiempo de montarse en su caballo. De la única forma como suelen actuar los militares – los de aquí y los de allá– Zelaya fue sacado en piyamas y cuando abrió los ojos estaba en Costa Rica.

    Entonces surgen los 15 minutos de fama del gran instigador de la comarca, que se ocupa de lo único que sabe hacer: la agitación. Es un hecho que Chávez no trabaja. Que ni siquiera pone a trabajar a los suyos, quienes a su vez fingen hacer como si estuviesen ocupados, robando fotos y rebautizando operativos creados por sus predecesores, en una suerte de comedia del absurdo que ni Ionesco hubiese imaginado escribir.

    Zelaya refugiado en Costa Rica. Chávez ofendido porque no se respetan las reglas democráticas y Ortega en el cénit de su impopularidad. De más está decir que el pobre Insulza como Russián cuando truenan su nombre en Miraflores  es despertado bruscamente de su siesta y toma el primer avión a Managua para aplaudir a Raúl Castro, quien defiende el principio universal de las elecciones libres.

    El resto pertenece a la crónica del día después. Hugo Chávez se olvida por un instante del gobernador Pablo Pérez, amenaza a Micheletti (le salió bien eso de llamarlo "goriletti") con llegar hasta Honduras con las tropas y monta el show del ALBA donde un Zelaya sin sombrero y con los bigotes recién teñidos ingresa triunfal a la tribuna de honor del "club de los tíramealgo".

    Empieza el cabildeo del comandante. La OEA deja de ser cascarón vacío al servicio de EEUU. Ban Ki-moon revisa el manual de la ONU y lo certifica: es un golpe. Obama olfatea que es el momento de neutralizar a quienes repiten las apolilladas consignas antiimperialistas.

    Chávez repasa de nuevo el libreto y ve que todo se cumple al pie de la letra (sólo pide que el aguafiestas de Ledezma no le recuerde en público cómo lo sacaron de la Alcaldía Mayor).

    Pero ocurre algo inesperado. En Honduras, el Congreso, la Corte Suprema, la Fiscalía, el Tribunal Electoral, empresarios y sindicatos y hasta los pobres aplauden la salida de Zelaya y respaldan a Micheletti. Chávez no entiende. Les pide a los hondureños que aviven el fuego de la rebeldía. Pero, no habrá revolución. Como en el poema "Masa", de César Vallejo, "el cadáver, ay, siguió muriendo".

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