Elecciones en Venezuela: David contra Goliat

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VENEZUELA: DAVID CONTRA GOLIAT

POR RICARDO ANGOSO

La oposición venezolana, organizada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD), está llevando a cabo una campaña electoral heroica, modesta y casi imperceptible, dado el titánico monopolio y manejo de los medios oficiales por parte del oficialista Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV). La oposición parece inexistente ante el discurso monolítico, repetitivo y omnipresente del presidente que está siempre en campaña, el caudillo del “socialismo del siglo XXI” y del “espíritu bolivariano”, Hugo Chávez. Todos los medios oficiales repiten hasta la saciedad sus discursos, que rozan la patochada, y evitan, con todo el descaro, referirse a la oposición y presentar sus propuestas. La lucha es absolutamente desigual y la desproporción en los medios es total.

Al margen de estas consideraciones, la experiencia de anteriores comicios y consultas electorales revela que el régimen utiliza todos los medios a su alcance para asegurarse la victoria, incluyendo la manipulación y el fraude electoral, tal como fue denunciado en su momento por varios observadores internacionales presentes en diversos comicios. El ventajismo del ejecutivo de Caracas es obvio y evidente para cualquier observador imparcial, pues la oposición ni siquiera tiene el censo electoral y nadie conoce a ciencia cierta el número de electores reales, en un hecho inaudito no ya en América Latina sino en todo el mundo.

Chávez, que ha convertido estas elecciones en unas primarias para asegurarse el camino seguro hacia la reelección, en el 2012, utiliza sin ningún pudor ni vergüenza todos los medios de comunicación oficiales, pero muy especialmente la radio y la televisión, para hacer campaña por sus candidatos. En un país donde los indicadores de lectura de periódicos y libros son muy bajos, Chávez sabe que la batalla fundamental es la televisiva. Aparece en todos los canales televisivos, bien repartiendo créditos, reunido con sus ministros o animando actos electorales; cualquier ocasión es buena para estar permanentemente ante las cámaras. El Estado venezolano, rompiendo la exigida neutralidad en una contienda electoral, es utilizado por el máximo líder para ayudar a sus candidatos a ganar la batalla a una oposición que pese a estar por primera vez unida sabe que en una lucha tan desigual será muy difícil conseguir la victoria.

Aparte de este estado de cosas y del escaso juego limpio, que ya ha sido denunciado por los medios no afines al chavismo, el máximo líder alteró los distritos electorales para asegurarse una victoria más rotunda, al tiempo que le negó a la oposición el acceso a los canales oficiales. Se trata de una contienda absolutamente desigual y donde las reglas de juego favorecen a los candidatos gubernamentales. Incluso el Consejo Nacional Electoral (CNE) venezolano, el órgano que trabaja teóricamente por la limpieza y transparencia del proceso electoral, está en manos de chavistas confesos y en los últimos días, por boca de su presidenta, llegó a calificar a la oposición y a sus detractores como “un grupúsculo de payasos”. No hay ni neutralidad ni profesionalidad, sino simple servicio a la satrapía caribeña para que corone sin problemas el presentido triunfo que exhibe Chávez incluso antes de las votaciones. Se trata, en sus propias palabras, de la “ofensiva final”.

PESE AL VENTAJISMO OFICIAL, LA OPOSICIÓN SE ACERCA AL 50% EN INTENCIÓN DE VOTO

Las últimas encuestas, sin embargo, señalan el cansancio que tiene el país ante el curso de la vida cotidiana en la Venezuela del “socialismo del siglo XXI”; un 48% de los venezolanos parecen decididos a votar por la oposición organizada en la MUD, mientras que algo más del 50% parece estar dispuesto a hacerlo por las fuerzas chavistas que liderada el oficialista PSUV. Pero estas mismas encuestas señalan que pese a la mínima distancia entre los dos bloques, el oficialismo obtendría unos 110 escaños de los 165 en juego y la oposición democrática, víctima de un sistema electoral pérfido y hecho a la medida de los partidarios del régimen, el resto, unos 55 escaños.

No obstante, por mucho que maquillen las encuestas y los resultados, la realidad del país no se puede ocultar; el panorama es absolutamente desolador. Hoy Venezuela tiene las tasas de criminalidad más altas del mundo y Caracas es mucho más peligrosa que Bagdad. Los secuestros y los asesinatos por robo son moneda corriente en todo el país, al tiempo que la mayor parte de estos delitos queda impune. La corrupción gangrena como un pulpo a toda las instituciones, incluida la policía y la judicatura, y el mismo Chávez ha llamado a derrotar a esa plaga que amenaza al proceso revolucionario. El país ya no exporta nada y el 96% de los ingresos por las ventas al exterior proceden del petróleo. Los jóvenes hacen largas colas en las embajadas occidentales para conseguir una ansiada visa que les aleje para siempre del “paraíso” bolivariano. La inflación es la más alta de América Latina y el país ocupa el puesto 122, de 139 países, en competitividad. Un desastre sin paliativos que no tiene parangón en la historia reciente de Venezuela.

Así las cosas, y a la espera de conocer los resultados electorales, las autoridades ya han advertido a los más de 150 observadores internacionales presentes para supervisar las elecciones y a los 60 invitados políticos que se dediquen tan sólo a observar y a cumplir con las leyes venezolanas, quizá porque temen que ocurra como en anteriores comicios, cuando Iñaki Anasagasti y otros representantes españoles denunciaron el monumental fraude organizado por Caracas en una suerte de parodia electoral. En cualquier caso, habrá que estar atento a esos informes de los observadores internacionales y locales para poder examinar con rigor y veracidad la ya minada salud democrática del peculiar sistema político “diseñado” por Chávez.

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