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El acuerdo para la negociación de paz
Por Miguel Posada Samper
OPINION Con el cinismo que acostumbran las FARC, estas dicen que nada tienen que ver con el narcotráfico. Expertos internacionales estiman, sin embargo, que controlan no menos del 40% de la producción mundial de cocaína; más que cualquier otra organización del continente. El acuerdo para la negociación, además, los implica en el tráfico al establecer un punto específico sobre este tema. Si no son narcotraficantes, ¿por qué el punto cuarto del acuerdo?
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Con el cinismo que acostumbran las FARC, estas dicen que nada tienen que ver con el narcotráfico. Expertos internacionales estiman, sin embargo, que controlan no menos del 40% de la producción mundial de cocaína; más que cualquier otra organización del continente. El acuerdo para la negociación, además, los implica en el tráfico al establecer un punto específico sobre este tema. Si no son narcotraficantes, ¿por qué el punto cuarto del acuerdo? Pero aquí, nuevamente, hay un error grave del gobierno. ¿Que justifica que un grupo ilegal participe en el establecimiento de políticas sobre narcotráfico? ¿Cómo se compagina esta participación con los acuerdos que tiene Colombia con la comunidad internacional, y específicamente con Estados Unidos? El gobierno no puede pactar nada con las FARC a espaldas de la comunidad internacional. El país se convertiría en un paria. Chávez y su detestable pandilla, Evo, Danielito, Raulito y Rafael no serían nuestros “nuevos mejores amigos”, serían nuestros “únicos” amigos. El tema, entonces, no se debe discutir, se debe imponer. Otro aspecto complejo es el relacionado con las acciones que debe emprender el gobierno para manejar las poblaciones dedicadas, directa o indirectamente, al cultivo y procesamiento de la coca. Las FARC y sus organizaciones espejo, las autodefensas y hoy las llamadas Bacrim, atrajeron miles de jóvenes a zonas remotas para sembrar y recolectar coca. Para atender esta población migraron comerciantes y prostitutas. Se habla de sustitución de cultivos. Pero el hecho es que la mayor parte de las zonas cocaleras son tan apartadas que la coca es el único cultivo cuyo producto final, la cocaína, tiene un precio que permite asumir los enormes costos de transportar insumos hasta allí y sacar el producto al mercado. Son sitios donde si no se siembra coca, no se siembra nada. ¿La respuesta es construir una autopista hasta Mapiripán o Caño Jabón (Puerto Alvira) sobre el río Guaviare? Si no se han logrado construir carreteras como las dobles calzadas necesarias para llegar de Bogotá a las costas, este sería un proyecto para el siglo XXII. La única respuesta viable es que hay que reubicar la población dedicada a la coca. ¿Un asunto tan difícil y delicado se va a discutir con unos criminales, culpables precisamente de que estén allí decenas de miles de personas? Con las FARC, lo único que hay que hacer es decirles que no habrá ningún acuerdo si no dejan el tráfico. Hemos dicho que un gran escollo es determinar cuánto vale el “negocio”. A las poblaciones afectadas por la destrucción de los cultivos, algo que será más fácil si no hay que enfrentar a los terroristas, habrá que sostenerlas mientras se reubican. Y en eso no hay que ser muy blandos. Así como llegaron, que se devuelvan. No tienen por que obtener beneficios superiores a los que reciben gentes que hacen un trabajo honesto en cualquier otra parte del país. Las FARC tienen también que decir dónde hay campos minados. Aunque sabemos que se opondrían todas las ONG mamertas que en el mundo hay, los cuadros de las FARC deberían, como mínimo acto de reparación, ocuparse, bajo la supervisión de la Policía y el Ejército, del desminado. Si se mueren algunos por pisar sus propias minas, se les da un entierro gratuito. No somos tan ilusos como para pensar que el gobierno tenga las hormonas para exigir esto. Seguirán ocupándose del desminado, un trabajo bien peligroso, jóvenes soldados. Pero lo justo sería que quién hizo el daño, lo repare. Otra cosa que se ve en el acuerdo, es el uso de una de esas palabras grises que dan para todo: la palabra “integral”. Las palabras cuyo significado no es preciso, son útiles para engañar. Eso de “integral” suena bonito, pero ¿qué es? Entre más se estudia el acuerdo, más inquietudes surgen. Analizaremos otros puntos, todos muy preocupantes, en otras oportunidades. Lo que está en juego es mucho. Lo que debía negociarse con las FARC son los términos de su rendición y nada más. ¿Habría necesidad de darles duro otro rato para llegar a eso? Probablemente, pero sería mejor que una larga negociación, o un mal acuerdo que le imponga a los colombianos una espantosa erosión de valores, injusticias vergonzosas o el ostracismo internacional. |