¡FASCISTAS!
Por Ricardo Angoso
El término fascista está absolutamente devaluado debido al inusual, abusivo e inapropiado uso del mismo por parte de la extrema izquierda española y otros iletrados que no vienen al caso. Fascista es un término acuñado el siglo pasado y que es, en sentido estricto, una persona que apoya o sigue el fascismo, una ideología política surgida en Europa a principios del siglo XX. Pero ahora, según Ione Belarra, Pablo Iglesias e Irene Montero, la Santísima Trinidad de la fallida fuerza política creada por ellos y denominada Podemos, está en auge en Europa y medio continente (casi) es “fascista”.
Si estás en contra del aborto, es obvio que eres un fascista; si no comulgas con las políticas migratorias fallidas de la izquierda, claro, eres un maldito fascista; si no sigues las políticas woke al uso imperante en el universo progresista, eres un fascista; si muestras simpatías por el presidente Trump, el salvadoreño Bukele o el argentino Milei, es ya incurable tu estado de patología fascista; también si defiendes al Estado de Israel, único Estado democrático de Oriente Medio, eres un rematado fascista, a pesar de que millones de judíos fueron exterminados en las cámaras de gas, paradójicamente, ¡por fascistas!; y, en fin, si no vas a las marchas del orgullo gay, eres un fascista en un estado de verdadera peligrosidad que deberías ponente en manos de un psiquiatra.
Fascistas, en palabras de los dirigentes de Podemos, muchos líderes socialistas y los analistas de salón que se pasean a diario por nuestros medios oficialistas, somos millones en el mundo que, señalados por el dedo acusador de los portadores de la verdad suprema y universal, estamos perdidos en este mundo sin sus enseñanzas cotidianas y verdades indiscutibles. Basta con que te señalen con su dedo acusador, te marquen con el sambenito de ser fascista, estás acabado, deslegitimado y tus hechos y palabras ya no valdrán para nada.
Aquí, en este país, donde precisamente sí hubo movimientos fascistas -la Falange-, y en que en nuestra Guerra Civil la violencia política estuvo al orden del día, mejor les valdría no estar resucitando los fantasmas del pasado y azuzar unos miedos que les pueden acabar salpicando a ellos mismos como un bumerán. La responsabilidad de muchos de los abominables hechos criminales que se produjeron durante nuestra contienda, entre 1936 y 1939, precisamente no recae en los fascistas que ellos denuncian, sino en milicianos armados pertenecientes a las organizaciones de izquierda y anarquistas en aquellos aciagos años-
Conviene recordar que entre los mismos se incluyen la quema de iglesias; el saqueo y destrucción de imágenes religiosas, reliquias y objetos de culto, -incluidos restos de monjas y sacerdotes profanados por las milicias republicanas-; el asesinato de unos diez mil sacerdotes, monjas, novicios y creyentes inocentes y la persecución de todo aquello relacionado con la Iglesia católica. No se trata de abrir las heridas del pasado, que ya supuran desde que el ex presidente de Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero -hoy procesado por otros delitos- desenterró el hacha de guerra con su “memoria histórica”, sino de situar en su justo término lo que ha significado la violencia política en nuestro país.
Por mucho que unos iletrados repitan hasta la saciedad que Franco fue un fascista, ese es un debate ya cerrado por los historiadores, que son lo que realmente entienden de estos asuntos, y casi todos los estudiosos del régimen no consideran que el dictador fuera fascista en sentido estricto, sino que era autoritario, dictatorial, anticomunista, nacionalista y reaccionario.
Además, a base de repetir esa manida acusación han conseguido que la misma haya perdido su fuerza e intensidad acusadora, desposeyendo de todo valor inquisitorial en los fotos y debates políticos al término “fascista”. La diputada popular Cayetana Alvarez de Toledo, azote de la izquierda en el parlamento, ha llegado a asegurar que “Si hoy en España no te llaman facha, no eres nadie”, llegando a sostener que los verdaderos intolerantes son quienes se autodenominan “antifascistas”. Ya no pasa nada porque te llamen facha o fascista, da lo mismo, porque en el fondo si te acusan de algo así es porque realmente estás a favor de la Constitución, la libertad y la democracia plena en el verdadero sentido de la palabra. ¡Viva la libertad, carajo!, que dice el “fascista” de Milei.