Turquía contra los kurdos

TURQUÍA, ¿ESTADO CRIMINAL?

 

Las autoridades de Ankara nuevamente responden con la guerra y la represión frente a las ansias kurdas de libertad, respeto cultural y democracia, mientras la comunidad internacional calla.

 

por Ricardo Angoso

En el año 1915, el Imperio Otomano puso en marcha un plan para eliminar a la población armenia que vivía en su territorio y comenzó una gran matanza de armenios. El genocidio armenio fue un plan sistemático, organizado desde el poder, ejecutado por funcionarios turcos y sus colaborades y perfectamente detallado, para eliminar del territorio ocupado por el Imperio Otomano a toda la población armenia. Las primeras matanzas comenzaron a finales del siglo XIX y el ciclo del terror concluyó en 1923, una vez que ya se había constituido la nueva República de Turquía, que fundara Mustafa Kemal Ataturk. Ambos poderes, el otomano y el turco, son responsables de estos luctuosos hechos.

 

Según las fuentes históricas, absolutamente rotundas y contundentes al efecto, murieron entre 1,5 y 2 millones de armenios. Muchos fueron asesinados vilmente; otros, salvajemente torturados, incluso quemados vivos, y una buena parte de esas víctimas anónimas también las ocasionaron las caravanas de la muerte en las que eran expulsados los armenios que vivían en territorio turco. Aparte del maltrato dado por las autoridades y fuerzas de seguridad turcas, muchos armenios murieron a causa del hambre, las enfermedades, la sed, las epidemias y la extenuación después de andar centenares de kilómetros en condiciones extremas.

 

Al día de hoy, pese a que todas las evidencias y crónicas históricas corroboran este horror del que fue –seguramente– el primer genocidio de la historia, el ejecutivo de Ankara sigue negando estos hechos, y Turquía, oficialmente, tampoco reconoce la mayor matanza de armenios en su territorio, pese a todas las pruebas en su contra. Pretende presentar a estas víctimas como fruto de los conflictos que vivió el país durante y después de la Primera Guerra Mundial.

 

Sin embargo, decenas de países del mundo, entre los que destacan Argentina, Bélgica, Francia, Rusia, Holanda, Uruguay, Venezuela, Chipre y muchos más en una lista interminable, han reconocido el genocidio armenio. No olvidemos que la nueva República de Turquía que fundara Atatürk se asentaba en un proyecto de turquización de las poblaciones no turcas que vivían en el país y que contemplaba, sin ningún rubor, la limpieza étnica de aquellos territorios, poblados por armenios, griegos y cristianos.

 

DEL GENOCIDIO ARMENIO A LA PERSECUCIÓN DE LOS KURDOS

Pero más tarde, una vez que el nuevo Estado turco había eliminado para siempre la presencia armenia en su nueva nación fundada a sangre y fuego, les llegaría el turno a los kurdos. En este casi siglo largo de República de Turquía, la represión sistemática del pueblo kurdo ha sido la tónica dominante y la política oficial de Ankara, aunque nunca haya sido reconocido por ningún gobierno turco. En Turquía podrían vivir entre 18 y 22 millones de kurdos, casi el 30% de la población, y han llegado a ser mayoría en numerosos departamentos del país, en lo que el ejecutivo turco considera como el “Sudeste”, es decir, Kurdistán. Pese a esa gran población kurda en Turquía, los derechos y libertades del pueblo kurdo nunca fueron reconocidos por las autoridades, sino más bien lo contrario: fueron condenados a un lento exterminio.

 

“El nacionalismo turco que se impuso en la ideología oficial del estado, aparentemente cívico −en el que todos los ciudadanos de Turquía se reconocían como iguales−, era en realidad fuertemente etnicista. Turquía se constituía como un estado-nación en el que, para mantenerse unido e inquebrantable, la identidad de la etnia mayoritaria –la turquicidad− se debía imponer a las minorías, forzadas a ser asimiladas. En la práctica esto se tradujo, a partir de 1924, en la prohibición de la lengua kurda, las escuelas, asociaciones y publicaciones kurdas, así como las cofradías religiosas, que suponían verdaderos ejes vertebradores de la sociedad kurda”, asegura el experto en cuestiones turcas Xavier Mojal.

 

Desde esos años hasta ahora la represión contra el pueblo kurdo ha sido brutal en aras de afianzar esa política etnicista y tendente a convertir a Turquía en un país homogéneo y sin minorías, tal como siempre soñara el fundador de la patria turca moderna, Mustafa Kemal  Atatürk, una línea que ha continuado hasta el día de hoy inalterable y sin pausa, utilizando, para ello, medios militares y policiales absolutamente deleznables.

 

Los kurdos contestaron con varias revueltas contra el poder turco, reclamando el respeto a sus derechos culturales y políticos, siendo las más conocidas la del jeque Saïd (1925), la revuelta del monte Ararat (1927-31) y la de Dersim (1936-38), todas ellas ahogadas en sangre y con un alto coste en vidas humanas kurdas. La represión se extendió hasta el año 1978, en que un grupo de jóvenes de izquierda, liderados por Abdullah Ocalan, más conocido como “Apo” constituyeron clandestinamente el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), mientras la extrema derecha turca asesinaba en esos años a los líderes kurdos más prominentes con la connivencia de los servicios secretos del Estado. Mas de 40.000 personas han muerto desde entonces en la guerra no declarada entre el el Estado turco y los kurdos, la mayor parte civiles indefensos y asesinados en las mazmorras turcas. El PKK fue perseguido con saña y violencia sin límites, siendo atacados hasta en sus guaridas en Irak y Siria.

 

Como fruto de este conflicto, que la comunidad internacional nunca condenó debidamente debido a que Turquía era miembro de la OTAN y contaba con sólidas relaciones con el mundo occidental, las autoridades turcas tuvieron manos libres para bombardear en los años ochenta, noventa y también en este siglo varias aldeas kurdas, asesinar a miles de civiles y perseguir implacablemente a los kurdos, tanto en la escena política como en sus expresiones culturales. 180 periodistas están detenidos en Turquía, en su mayor parte kurdos, decenas de publicaciones fueron clausuradas y la cultura kurda ha sido relegada a la más absoluta clandestinidad. Más de 2.500 aldeas kurdas han sido destruidas para siempre y entre dos y tres millones de personas de esta etnia tuvieron que desplazarse hacia las grandes ciudades turcas o hacia el oeste de Turquía, en un éxodo ocultado por Turquía y tampoco denunciado lo suficientemente.

 

Desde esos años hasta ahora la represión, lejos de aminorarse, se ha intensificado e incluso se ha ampliado contra la fuerza política kurda que defiende el diálogo como instrumento político para actuar en Turquía, el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), que ha sufrido en sus carnes la detención de sus diputados y alcaldes, el acoso a sus líderes políticos y el asesinato de muchos de sus dirigentes tras ser señalados por las autoridades de Ankara como “terroristas”.

 

La reciente ofensiva turca en territorio sirio contra las fuerzas kurdosirias -UPG- es parte de esta estrategia contra los kurdos por parte del Estado turco pero esta vez con el aval de los Estados Unidos, Rusia e Irán, tres países siempre interesados en que no se rompan los actuales equilibrios de Oriente Medio y de que un Estado kurdo nunca vea la luz. La traición de Washington a los kurdos no es algo nuevo por parte de Occidente, ya que en el año 1920 las potencias occidentales habían previsto en el Tratado de Sévres la creación de un Estado kurdo encajonado entre Turquía, Siria y Armenia, y nunca cumplieron con ese compromiso, dejando a casi cuarenta millones de kurdos en manos de estos países pero también bajo la égida de Irán e Irak.

 

Los kurdos ahora han vuelto a ser abandonados por la comunidad internacional y lo tendrán realmente difícil para conservar su maltrecha -y limitada- autonomía de la que actualmente gozan en Irak y Siria. Turquía nuevamente responde con la guerra y la represión a las ansias kurdas de libertad, respeto a su identidad cultural y democracia. La guerra contra el Kurdistán sigue su curso.

 

 

 

 

 

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