Ucrania, ¿un polvorín a punto de estallar?

UCRANIA, ¿UN POLVORÍN A PUNTO DE ESTALLAR?

 

La crisis ucraniana sigue su curso con un nuevo escenario, el mar Azov, que se viene a unir a los no resueltos de la anexionada península de Crimea por parte de Rusia y las secesionistas repúblicas levantadas contra Kiev de Donetsk y Lungansk, ambas apoyadas por Moscú.

 

Este contencioso tiene una dimensión exterior que se proyecta sobre toda Europa e incluso afecta a la credibilidad de la Alianza Atlántica. Estados Unidos, liderando a Occidente, apoya a Ucrania en contra de las pretensiones neoimperiales rusas. Atentos, porque la crisis va para largo y puede deparar sorpresas.

 

por Ricardo Angoso

Ricky.angoso@gmail.com

 

El reciente apresamiento por parte de tropas rusas de tres barcos ucranianos y la detención de 24 de sus tripulantes, a finales de noviembre de 2018, ha elevado notablemente la tensión entre Ucrania y Rusia, dos países que viven una escalada belicista que podría tener fatales consecuencias para esta región y también para Europa. La crisis comenzó en marzo de 2014, cuando la península de Crimea se independizó de Ucrania, alentada, jaleada y animada por el ejecutivo Vladimir Putin, quien nunca ocultó sus ansias territoriales con respecto a ese territorio, y posteriormente se la anexionó violando todas las normas del derecho internacional.

 

Más tarde, tras una serie de decisiones erróneas con respecto al uso del ruso en Ucrania por parte del ejecutivo de Kiev, Moscú apoyó la secesión por la vía militar de las regiones de Donetsk y Lugansk, que en la actualidad han constituido una entidad política no reconocida internacionalmente denominada “Nueva Rusia” y que genéricamente se denominan como Donbass. A nadie se le escapa que esta entidad alzada en armas recibe ayuda política, económica y militar de Rusia que, quizá, en un futuro podría pretender anexionarse ambos territorios como ya hizo con Crimea. En total, esos territorios suponen algo menos de 15.000 kilómetros cuadrados y dependen totalmente de la ayuda rusa.

 

En estos cuatro años de tensiones y enfrentamientos bélicos entre el gobierno ucraniano y las fuerzas rebeldes ha habido unas 6.500 bajas, habiéndose llevado el ejército de Kiev la peor parte y siempre en una posición más a la defensiva que a la ofensiva. La OTAN, junto a otros servicios secretos occidentales, asegura tener pruebas fehacientes de la implicación de Rusia en el conflicto e incluso de la presencia de oficiales y asesores de esa nacionalidad en esas dos entidades “independientes”, donde más el 90% de sus habitantes son rusos nacidos en Ucrania y que Moscú considera que han sido tratados por las autoridades ucranianas como ciudadanos de segunda categoría, algo que no es del todo cierto pero que le sirve a los rusos para atizar la llama del conflicto.

 

LA ESTRATEGIA RUSA CON RESPECTO A UCRANIA

Después de la revolución del Maidán en Ucrania hace cuatro años, que provocó la salida del presidente proruso Viktor Yanukóvich y el comienzo de un cambio político incierto y turbulento, Rusia vio como perdía su influencia en este país y asistía a un cambio de orientación geoestratégica en este nación que consideraba dañino para sus intereses, toda vez que las nuevas autoridades ucranianas anunciaron desde un principio su intención de integrar a Ucrania en la Unión Europea (UE) y la OTAN.

 

Ucrania era la línea roja que Moscú no iba a tolerar que Occidente cruzase para que extendiera su influencia en esta nación después de haber aceptado que los tres países bálticos independientes tras la implosión de la extinta Unión Soviética -Lituania, Letonia y Estonia- y toda la antigua Europa del Este -Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumania- se hubieran integrado en la UE y más tarde en la OTAN. Moscú se sintió aislada y, en cierta medida, “rodeada” por sus antiguos enemigos. Sin el control de Ucrania, sostiene la soterrada doctrina “imperial” rusa, Rusia deja de ser una potencia euroasiática y queda en una posición de inferioridad con respecto a Europa, siempre vista con recelo y sospecha.

 

Se trata, en definitiva, de aplicar la “doctrina Brézhnev”, o de soberanía limitada, por la cual la antigua Unión Soviética se arrogaba el derecho de vetar o poner las debidas obstrucciones a determinadas decisiones que un país del extinto bloque socialista tomara con respecto a su política exterior, pero también en lo relativo a su política de seguridad y defensa que pudiera tener consecuencias negativas para los intereses de Moscú. De la misma forma, durante los años de la Guerra Fría, Finlandia, y también Austria, cayeron bajo esta esfera de influencia de Rusia y ambos países tenían condicionada su política exterior a una neutralidad impuesta por la cual no podían tomar decisiones de carácter hostil hacia su gran vecino del Este ni integrarse en la OTAN -algo que ni siquiera han hecho al día de hoy. Ucrania, sin estar claramente “finlandizada” porque teóricamente iba por libre y había firmado un acuerdo de amistad con Rusia -hoy roto unilateralmente-, estaba en esa órbita de influencia de Moscú fijada a través de la nunca oficializada “doctrina” Brézhnev que Putin actualizó como se está viendo.

 

La estrategia de Rusia con respecto a Ucrania pasaba, entonces, por debilitar al nuevo gobierno, socavar su base territorial -algo que ciertamente ha conseguido sobre el terreno- y mantener una guerra de desgaste sin apenas costos humanos y materiales, toda vez que los combatientes son ucranianos y que la guerra se desarrolla lejos de su territorio. Así ha conseguido anexionarse Crimea, debilitar a Ucrania, crear una gran base territorial -Donestk y Lugansk- desde la cual hostigar a Kiev en una guerra de desgaste y mantener por ahora alejada la posibilidad de que este país se integre de una forma pacífica y sin contenciosos pendientes en la UE y la OTAN. Se trata, como señala el presidente ucraniano Petro Poroshenko, de “la guerra híbrida contra Ucrania que Rusia libra desde 2014″ y que, según él, incluyen ataques militares, cibernéticos y hasta agresiones a sus pescadores. Por ahora, Moscú dirige el guión, mientras que Ucrania padece duramente la crisis sin encontrar una salida.

 

Pese a todo, Rusia no ha salido indemne de esta situación creada por Putin y ha sufrido importantes daños, tanto en el frente interno, en lo que respecta a su situación económica, como en su proyección exterior. La UE y los Estados Unidos han impuesto draconianas sanciones económicas y políticas en los últimos años contra Rusia y han tratado de compatibilizar el palo con la zanahoria, es decir, al tiempo que se intentaba negociar una vía política para desatascar el conflicto ucraniano se iba subiendo el listón de las sanciones para presionar a Moscú en la búsqueda de una solución más conciliadora y acorde a los intereses de ambas partes. Se calcula que la economía rusa podría haber perdido en estos cuatro años algo más de 55.0000 millones de dólares en contratos perdidos, el crecimiento económico tiende al estancamiento e incluso a decrecer con respecto a años anteriores y la moneda rusa, el rublo, ha perdido más de un 40% de su valor desde el comienzo de esta crisis, pasando de los 50 rublos por unidad de euro en el año 2014 a los 74 actuales.

 

Más allá de los costes económicos, hay que reseñar que en la reciente cumbre del G-20 celebrada en Buenos Aires el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se negó a reunirse con Putin e incluso canceló una reunión prevista en ese foro, un hecho que tiene una gran transcendencia porque hasta hace bien poco el inefable mandatario era uno de los máximos aliados del líder ruso en la escena internacional -contra toda lógica, todo hay que decirlo- y para malestar de algunos dirigentes europeos que nunca ocultaron su disgusto por las amistades peligrosas exhibidas por el máximo mandatario norteamericano.

 

VLADIMIR PUTIN, CLARO GANADOR DE UNA GUERRA SIN FUERZAS SOBRE EL TERRENO

Sin embargo, el máximo líder ruso, Putin, hábil jugador y siempre muy atento a los cálculos políticos, ha salido por ahora ganador en esta contienda. Por una parte, Putin ha conseguido legitimarse en clave nacionalista ante su sociedad y se ha erigido en una suerte de inesperado defensor de una identidad rusa que se presentaba en peligro ante los enemigos foráneos, pero principalmente los pérfidos norteamericanos y sus aliados europeos, siempre deseosos, en la creencia exhibida por el líder ruso, de extender su influencia en los mismos límites de Rusia. Y, por otra parte, ha conseguido tejer nuevas alianzas con aliados hasta ahora descartados, pero que ofrecen fidelidad y una enemistad profunda hacia los Estados Unidos, como Irán y la imprevisible Turquía del “sultán” Tayyip Erdogan.

 

Pese a todo, el juego es muy arriesgado y los lazos son muy endebles. Es arriesgado porque son aliados imprevisibles, como se vio en el comportamiento de Turquía cuando derribó un avión ruso hace unos años, y porque, en términos económicos, hasta ahora las relaciones con Irán eran meramente testimoniales.

 

Pero el telón de fondo estratégico es bien distinto, pues Rusia saca a ambos países de su aislamiento regional y asesta un duro golpe a los principales aliados de los Estados Unidos en la región, pero principalmente Arabia Saudí e Israel. Ankara a acusado al régimen saudí del terrible asesinato de un periodista saudí, Jamal Kashoggi, en su consulado en Estambul y ha señalado a su jefe de Estado, el príncipe Mohamed bin Salmán, de ser el principal responsable de esos luctuosos hechos. En lo que respecta a Irán, hay que reseñar que nunca ha reconocido a Israel y que incluso apoya a los principales grupos terroristas que operan contra ese país, Hamas y Hezbolah, anclados en Gaza y Líbano, respectivamente, y que compite con Arabia Saudí por el liderazgo regional en Oriente Medio, habiendo convertido a Yemen en el primer escenario donde ambas naciones se enfrentan en el campo de batalla apoyando a bandos distintos en la guerra civil que padece ese país.

 

Volviendo a Ucrania, el conflicto actual tiene que ver con el control del mar de Azov, que Rusia con su enorme potencial naval domina, controla y pretende monopolizar en detrimento de Ucrania, ya que para ese país ese mar es la única vía de entrada de una buena parte de sus mercancías a través de los puertos que posee sobre esta costa: Mariúpol y Berdyansk. Estos son importantes para su economía porque allí se despachan productos metalúrgicos como el hierro y el acero, que suponen el 25% de los ingresos obtenidos por las exportaciones en el país, según señaló el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, en una entrevista con el diario The Washington Post publicada el pasado 13 de septiembre. Las autoridades ucranianas acusan a Moscú de hostigar con inspecciones y retrasos a los barcos de carga que se dirigen a los puertos ucranianos de Mariúpol y Berdyansk.

 

Como recordaba una reciente nota de la BBC, “la Marina ucraniana cuenta con 66 unidades navales entre las de combate y las auxiliares, así como 11.000 efectivos. La Flota Rusa del Mar Negro, en cambio, posee más de 2.800 naves, que además son más grandes y fuertes que las de su vecino, y 25.000 efectivos”. Ucrania realiza el 80% de sus exportaciones a través de rutas marítimas y por ese motivo es fundamental el libre acceso a sus puertos, tal como ha defendido Kiev en esta crisis, que viene a añadir más tensión y el riesgo de una conflicto de mayores proporciones entre Ucrania y Rusia.

 

PREVISIONES NADA OPTIMISTAS PARA UCRANIA

La UE, los Estados Unidos, la Alianza Atlántica y otros países occidentales, entre los que destaca Canadá, apoyan abiertamente a Ucrania y han aplicado duras sanciones contra Rusia que han tenido fatales consecuencias para la economía rusa, tal como se ha dicho antes. La influencia de todas estas acciones, sin embargo, no han llevado a Rusia a mostrar una actitud más diplomática y conciliadora, sino más bien lo contrario: Moscú ha incumplido reiteradamente los acuerdos de Minsk I y II que pretendían poner fin al conflicto en la regiones separatistas en el interior de Ucrania, habiendo concentrado ingentes fuerzas en la frontera con Ucrania y apoyando el proceso independentista de las regiones segregadas. En definitiva, el “pirómano” que encendió el fuego no podía ser el “bombero” que apagase el incendio desatado.

 

Los contenciosos de Ucrania, no cerrados al día de hoy, han tenido como telón de fondo a la grave crisis de identidad de la UE, sumida en la negociación del Brexit, la irrupción de varios gobiernos de corte populista claramente alejados del proyecto común europeo y un cierto “divorcio” en las relaciones con los Estados Unidos, sobre todo tras la llegada de Trump a la Casa Blanca. La falta de una política exterior europea y la ausencia de un sólido liderazgo en la UE, junto con otros elementos, han provocado el liderazgo ruso en esta crisis y escasa viabilidad de todas las iniciativas políticas auspiciadas por algunos líderes europeos muy activos en favor de la causa ucraniana, como la canciller alemana Angela Merkel.

 

Las previsiones con respecto a la evolución de esta crisis no son nada optimistas ni favorables hacia los intereses de Ucrania. Si examinamos lo que ha ocurrido desde la defunción de la Unión Soviética, allá por el año 1991, hay que reseñar que Rusia siempre ha salido victoriosa en todos los conflictos que tuvo con sus vecinos y antiguos aliados. En Moldavia, Rusia instaló en un pequeño territorio arrebatado a los moldavos al XIV Ejército Ruso e instaló una administración fiel a sus designios en Tiraspol, “capital” de la “república de Trasnnistria”, una entidad fantoche no reconocida internacionalmente y que se impuso en una cruenta guerra contra Chisinau. Hoy esas fuerzas rusas sigue ahí y nada induce a pensar que algún día se irán.

 

Tampoco a Georgia le fue mejor en su pulso con Rusia: ha perdido definitivamente los territorios de Abjasia y Osetia del Sur que le fueron segregados en la década de los 90 y que trató arrebatar infructuosamente a los rusos en una guerra corta, disparatada y con ribetes de absurdo en el año 2008. Así las cosas, nada induce a pensar que Ucrania pueda recuperar en un futuro cercano a los territorios perdidos, que aunque fueron usurpados vulnerando el derecho internacional y sin el reconocimiento de la comunidad internacional han sido, de facto, como es el caso de Crimea abiertamente, anexionados por Rusia. Al día de hoy no se dan las condiciones políticas ni diplomáticas para que ese escenario pueda variar en favor de los intereses de Ucrania, sino más bien lo contrario vistas las divisiones en el mundo occidental y la crisis constatada de la UE.

 

¿Y la vía militar? Aparte del factor nuclear que le otorga una ventaja clara a Rusia frente a Ucrania, la capacidad militar de los ucranianos esta muy limitada materialmente frente a los rusos, que gozan de una gran ventaja en todos los campos: terrestre, aéreo y naval. Nada que hacer. Kiev no está luchando contra unos rebeldes atrincherados en varias regiones de su país sino contra el segundo país militarmente más poderoso del mundo. Una iniciativa insensata y a la desesperada, como la de los georgianos en el año 2008, está condenada al más absoluto de los fracasos. Esperemos que impere el sentido común en ambas partes.

 

 

 

 

 

 

 

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