Brasil y Colombia celebran elecciones decisivas en el 2022

ELECCIONES DECISIVAS PARA TODA AMERICA LATINA EN BRASIL Y COLOMBIA EN EL 2022

 

Por Ricardo Angoso

 

Las últimas elecciones celebradas en Argentina, Bolivia, Chile, Honduras y Perú han significado en todos esos países un claro giro a la izquierda y una contundente derrota de los partidos del centro y la derecha que hasta ahora gobernaban en esos países. Si a este grupo de países situados claramente en la órbita izquierdista añadimos las dictaduras  castrochavistas de Cuba, Nicaragua y Venezuela, ancladas hace décadas en el inmovilismo y la ruina que ha representado el “socialismo del siglo XX”, cada vez quedan menos países libres de esta nefasta influencia que solamente ha generado hambre, atraso social y económico, miseria y dictaduras infernales e interminables.

 

El problema de este modelo, si es que se le puede llamar así a esta enorme tragedia, es que se siguen mirando en la gran ergástula del Caribe que es Cuba y no en la izquierda desarrollada y moderna que representó en algún tiempo la socialdemocracia europea, tales como fueron la sueca, la danesa, la noruega o la británica; siguen defendiendo el modelo cubano y añoran las peroratas interminables e ininteligibles de ese gran maestro de la mentira que fue Fidel Castro. Qué tristeza.

 

Los europeos, pero también los norteamericanos, se están cansando de Latinoamérica y ya casi ni sus medios de comunicación le prestan atención a este continente, cada vez más alejado de los focos de atención y menos atrayente en términos económicos para los inversores. Ni siquiera el turismo acaba de despegar y los datos que muestra ahora, pandemia del covid-19 por medio, son absolutamente ridículos comparados con los de otras partes del mundo. El presidente colombiano, Iván Duque, se mostraba hace unas semanas eufórico y triunfalista con la llegada este año de 1,8 millones de turistas a su país, una cifra diez vez menor que, por ejemplo, la de España, con la misma población que Colombia. La mediocridad, y medirnos siempre con vecinos arruinados, es nuestra tónica política cotidiana.

 

América Latina está estancada, sin un liderazgo sólido que la enrumbe hacia un destino más prospero y sin un proyecto colectivo capaz de generar en el exterior confianza, atractivo económico para las economías más desarrolladas y credibilidad. Sino más bien todo lo contrario: todos los proyectos de integración regional han fracasado estrepitosamente, casi siempre por antagonismos ideológicos, y no se vislumbra en el corto o en el largo plazo un cambio de timón.

 

El Grupo de Puebla, versión reciclada y remozada del Foro de Sao Paulo que trata de agrupar a toda la izquierda continental, sigue empeñado en una guerra ideológica con ribetes antioccidentales y antinorteamericanos, tal como se ha visto con sus pretensiones de acabar con la Organización de Estados Americanos (OEA) y dejar fuera de juego a los dos países más desarrollados de las Américas, Canadá y Estados Unidos. En vez de buscar fuentes de inspiración y riqueza social, económica y cultural, esta izquierda se mira en las autocracias de Rusia y China como modelos a imitar y a seguir, habiendo desarrollado en los últimos años excelentes relaciones con ambos países, quizá con la estúpida intención de irritar a los Estados Unidos.

 

EL DESINTERES NORTEAMERICANO HACIA AMERICA LATINA

Mientras que millones de latinoamericanos sueñan con emigrar a Europa y a los Estados Unidos, sus inútiles dirigentes tienen la vista puesta en Moscú y Pekín, donde viajan con frecuencia y tratan de ganarse los favores de sus autócratas. Se comportan como cipayos ante sus amos rusos y chinos, o iraníes, como los de Maduro, y conducen sus países como repúblicas bananeras. Así no es de extrañar que los Estados Unidos desde hace ya lustros muestre nulo interés por lo que ocurre en el continente y las visitas de los presidentes norteamericanos brillen por su ausencia; Europa, de la misma forma, parece comportarse de una forma parecida y ni siquiera España se muestra ya tan proactiva como en otros periodos de su historia. Cada vez estamos más lejos del mundo libre y no se atisban barcos a la vista.

 

América Latina se ha convertido, como actor político en la escena internacional, en un bloque irrelevante en términos geoestratégicos, lo cual es muy peligroso para la seguridad del mundo, porque deja el terreno abonado para la entrada de países dedicados a la promoción del terrorismo y que para que China y Rusia extiendan sus redes de influencia política y diplomática en claro detrimento de Occidente, pero siempre con la vista puesta en su sempiterno enemigo, los Estados Unidos.

 

El caso de Irán es el más paradigmático, habiendo extendido sus redes terroristas por Venezuela, Argentina -la sombra del atentado contra la Amia es alargada- e incluso por otros países, donde en colaboración con otras organizaciones terroristas, como Hezbolah, que ya está presente en Caracas, crea redes de financiación, apoyo, entrenamiento y organización para las mismas. El antisemitismo de Venezuela, encubierto de antisionismo jaleado por sus socios regionales, es otra muestra más de esa irrelevancia cada vez más creciente de la región y un síntoma de una extenuante decadencia continental cada vez más creciente. De la misma forma, la supina estupidez de la diplomacia colombiana, al reconocer a Palestina en el año 2018, reveló, en palabras que me confesó un diplomático israelí, que “los colombianos no son fiables”.

 

Ahora, ya con la vista puesta en las elecciones de Brasil y Colombia, que también podrían caer en las garras del Grupo de Puebla y sus socios locales, el peligro de que todo el continente acabe en manos de esa izquierda desconectada de los lazos culturales del continente con Occidente y la reivindicación de las sociedades libres y abiertas, ese gran logro de la civilización democrática en el siglo XX, es una realidad que está a la vuelta de la esquina. De ser así, y de cumplirse los más negros pronósticos que dibujan algunas encuestas en los casos colombianos y brasileño, el continente se encaminará hacia un negro túnel del que no saldrá quizá en décadas, padeciendo, quizá merecidamente, un oscuro destino bananero caracterizado por la irrelevancia global.

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