El genocidio armenio

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Diciendo la verdad acerca del genocidio armenio

08 de abril de 2009, 10:38

Christopher Hitchens
De The New York Times

 

Inclusive antes de que el presidente Barack Obama pusiera en marcha su visita a Turquía esta semana, como de costumbre, surgieron las voces urgiéndole a diluir su posición firme que él ha tomado respecto al genocidio armenio. Abril es el mes en el que la Diáspora Armenia conmemora el inicio sangriento, en 1915, de la campaña del Imperio Otomano para eliminar a su población armenia. La marca de la ocasión toma dos formas: El Día del Recuerdo Armenio, el 24 de abril, y el intento anual de persuadir al congreso de nombrar ese día abandonando los eufemismos, y llamar al episodio oficialmente con su nombre correcto, que es el que yo usé arriba.

El término "genocidio" no fue acuñado en 1915, pero el embajador estadounidense en Constantinopla, Henry Morgenthau, empleó un término que fue, de cierta forma, más explícito. En sus informes urgentes al departamento de estado, trayendo la experiencia in loco de sus cónsules, especialmente de las provincias de Va y Harput, describió la sistemática matanzas de armenios como "asesinato racial".

Existe un vasto archivo de evidencias que comprueban esta afirmación. Pero todos los años, los que niegan y están a favor del eufemismo se ponen a trabajar nuevamente, y no falta apoyo militar-industrial que pesa en la escala a favor de sus clientes turcos. (Últimamente, la alianza oportunista militar de Turquía con Israel, ha sido buena para unos cuantos avergonzados votos judíos, también).

El presidente Obama aborda este tema con un raro tono de clareza y nitidez. En 2006, por ejemplo, el embajador de los EE.UU. en Armenia, John Evans, fue reprendido por haber empleado el término genocidio. El entonces senador Obama escribió una carta reclamándole a la entonces secretaria de Estado Condoleezza Rice, deplorando la cobardía del departamento de Estado y planteando rotundamente que "la incidencia del genocidio armenio de 1915 no es un 'alegato', o una 'opinión personal' o incluso 'un punto de vista'", es más bien un "ampliamente hecho documentado" apoyado "por una aplastante cantidad de evidencias históricas". Durante su campaña del último año, él amplificó esta posición, diciendo que "Los Estados Unidos merecen un líder que diga la verdad sobre el genocidio armenio y que responda enérgicamente a todos los genocidios. Yo pretendo ser este presidente".

Para aquellos que abriguen todavía dudas sobre esta afirmación, yo les recomendaría dos recientes libros de excepcional interés y relevancia, que ambos adicionan un alto grado de profundidad y textura a este drama. El primero es Armenian Golgotha: A Memoir of the Armenian Genocide (El Gólgota Armenio: Los recuerdos de un genocidio) de Grigoris Balakian, y el segundo es Rebel Land: Travels Among Turkey`s Forgotten Peoples (Tierra rebelde: viajes entre los pueblos olvidados de Turquía), una versión contemporánea de Christopher de Bellaigue.

Además, acabamos de saber de aplastantes evidencias que corroboran contenidas en los archivos estatales turcos. El político otomano que comenzó la campaña de deportación y exterminación, Talat Pasha, dejó todos sus actos documentados. Su familia entregó sus papeles a un autor turco llamado Murat Bardakci, quien ha publicado un libro con el de alguna manera insípido título de The Remaining Documents of Talat Pasha (Los documentos remanentes de Talat Pasha). Uno de estos "documentos remanentes" es una fría estimativa de que solamente, entre los años 1915 y 1916, un total de 972.000 armenios simplemente desaparecieron de los archivos oficiales de población. (Vea el reportaje de Sabrina Tavernise del 8 de marzo de 2009, del The New York Times).

Existen aquellos que tratan de decir que la catástrofe armenia fue un lamentable subproducto de la confusión de la guerra del colapso del imperio, y esto podría ser parcialmente verdad para la matanza de muchos armenios al final de la guerra y después de la implosión de los otomanos. Pero este es un archivo mantenido por el gobierno de la época y los jefes políticos antiarmenios, y ellos documentan desde los primeros días de la Primera Guerra Mundial, una disminución en la población de 1¿256,000 a 284,157. Es muy raro que un régimen en su correspondencia privada confirme el número de sus víctimas casi con exactitud.

¿Qué es lo que los dirán ahora los que niegan el genocidio? Se suele insinuar que si el Congreso vota por afirmar la verdad histórica, entonces Turquía dificultará el trabajo de la OTAN, creando problemas en la frontera iraquí, negando el uso de bases a la Fuerza Aérea de los EE.UU. o de otras maneras.

Esta misma clase de arrogancia no comprobada ha estado en la mira de la cumbre de la OTAN el último fin de semana, en la que el gobierno de Ankara tuvo la frescura de tratar de prohibir la indicación de un serio político danés, Anders Rasmussen, para ser el próximo secretario general de la alianza, diciendo que como primer ministro de Dinamarca ¡se había rehusado censurar a los periódicos daneses en pro de los musulmanes! Ahora se insinúa que si el presidente Obama o el congreso continúan con la sanción de la resolución de genocidio, Turquía no se mostrará cooperativa en una gama de temas, incluyendo la normalización de la frontera entre Turquía y Armenia y el tránsito de conductos de petróleo y gas a través del Cáucaso.

Cuando la pregunta se expresa en esta forma amenazadora, se puede entender que los mejores intereses de Armenia serán satisfechos sólo a través de acuerdo de embarrar y distorsionar su propia historia. ¿Cómo podría cualquier estado, o un pueblo estar de acuerdo de abolir su orgullo y dignidad por este camino? Y la pregunta no es sólo para los armenios, que están económicamente muy presionados por los turcos, que amenazan cerrar su frontera común. Es para los turcos, cuyos bravos voceros culturales y escritores asumen riesgos genuinos para romper el tabú de la discusión de la cuestión armenia.

Y es también una pregunta para los americanos, quienes, habiendo elegido supuestamente un nuevo bravo presidente, se les dice que él -y su congreso también- debe estar de acuerdo en coludir en una gigantesca histórica mentira. Una mentira, además, que en primer lugar, la propia diplomacia estadounidense ayudó a exponer. Esta falsificación ya ha ido demasiado lejos y ha sido justificada por razones políticas. Es por eso, entre otras cosas, principalmente "por razones de políticas" -en otras palabras, para el claro y vital anuncio de que no podemos ser comprados ni intimidados-que el 24 de abril de 2009 deberá ser recordado como la fecha cuando nosotros afirmamos la verdad y aceptamos, como los que dicen la verdad lo hacen, todas sus consecuencias. 
Terra Magazine

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