Hacer Rusia más grande, el objetivo de Donald Trump

EL IMPARABLE ASCENSO DE RUSIA EN LA ESCENA INTERNACIONAL

Hacer América más grande, decía en términos muy vehementes el expresidente  Donald Trump, pero los últimos cuatro años de administración norteamericana solamente sirvieron para convertir a Rusia en el epicentro del nuevo poder multipolar en el mundo y en un actor determinante y fundamental en Asia Central, Oriente Medio e incluso Europa.

por Ricardo Angoso

La caída de Kabul en manos talibanes, vista con no disimulada satisfacción por Rusia y China, deja despejado el camino para consolidar la influencia de Moscú en toda Asia Central, privando a Occidente de una zona que siempre se disputó con los rusos. El “gran juego”, por el cual los imperios británicos y rusos rivalizaban por Asia Central entre 1837 y 1907, parece haber concluido con una rotunda y contudente derrota occidental con la victoria de los talibanes en Afganistán. Rusia observa como la larga guerra afgana (2001-2021) no ha servido para nada de nada y que los occidentales, encabezados por Estados Unidos y la OTAN, han sufrido una derrota tan humillante como la que sufrieron los rusos en la década de los ochenta, cuando abandonaron a su suerte a las autoridades procomunistas del país. Ahora, de nuevo, casi toda Asia Central vuelve a estar bajo su área de influencia.

Rusia, además, seguirá controlando con mano de hiero a su antigua periferia, habiendo ocupado territorios en casi todos sus vecinos, como, por ejemplo, Georgia, donde ocupa Abjasia y Osetia del Sur; Moldavia, donde desde 1991, con su XIV ejército enclavado allí mantiene bajo su control Transnistria; Ucrania, al que le arrebató Crimea a través de una anexión ilegal y ocupando las regiones de Luhansk y Donetsk; y ahora Azerbaiyán, donde ya instaló una base militar para “observar”, supuestamente, el cumplimiento de los acuerdos de paz con Armenia, un aliado de Rusia y donde también hay presencia militar rusa.

Aparte de todos estos territorios controlados por Rusia, la intimidación de Moscú hacia los países bálticos -Lituania, Letonia y Estonia- ha llevado a la OTAN a mantener una misión militar aérea permanente en estos tres países para evitar más provocaciones de su molesto vecino, que viola constantemente el espacio aéreo de los mismos e incluso recientemente el de Dinamarca, tal como denunciaron las autoridades danesas. 

Recientemente, y con el fin de caldear más el ambiente, Rusia realizó unas maniobras militares conjuntamente con Bielorrusia muy cerca de la frontera con Polonia, en las que participaron unos 200.000 hombres y que contó con la presencia también de 500 uniformados de Armenia, la India, Kazajistán, Kirguistán, Mongolia, Pakistán y Sri Lanka. Las maniobras se realizaron en un abmiente muy tenso, ya que las relaciones entre Polonia y Bielorrusia atraviesan su peor momento tras las acusiones por parte de las autoridades polacas de que Minsk permite, alienta y tolera a través de sus fronteras la entrada ilegal de inmigrantes afganos y sirios. Lituania también se sumó a estas acusaciones contra Bielorrusia y su presidente, el temido dictador Alexander Lukashenko, y ya ambos países han anunciado que construirán muros físicos para evitar el permanente “goteo” de migrantes. 

Moscú, además, a diferencia de los años noventa, que estuvo con un perfil muy bajo en su acción exterior, ha incrementado sus relaciones con naciones con las que antaño rivalizaba, como Irán y Turquía, con las que ha formado una suerte de triple alianza para defender sus intereses, aunque muchas veces no coverjan en algunos conflictos, como ha ocurrido en Siria y Libia, donde Moscú y Ankara apoyan a bandos enfrentados entre sí. También Moscú se mostró muy crítica con la posición norteamericana con respecto al programa nuclear iraní y el abandono del acuerdo sobre el mismo por parte de Estados Unidos, aunque paradójicamente mantiene unas excelentes relaciones con Israel, cuyo principal enemigo es Irán, cuyos representantes han llamado en numerosas ocasiones a borrrar de la faz de la tierra al Estado hebreo.

LAS RELACIONES CON CHINA

En lo que respecta a China, atrás quedan las tensiones y conflictos que enfrentaban a ambos países y la hostilidad manifiesta de los Estados Unidos hacia Pekín, habiendo intensificado ambos países la cooperación política y económica. Pero, por otra parte, Occidente también ha movido ficha en la región y recientemente los Estados Unidos han puesto en marcha el acuerdo AUKUS con el Reino Unido y Australia, que permitirán a este último país la tecnología y la capacidad de desplegar submarinos de propulsión nuclear, intensificando la carrera armamentística en la región.

Frente a la escalada militarista de China, habiendo anulado el autogobierno de Hong Kong y amenanzado a Taiwán con la anexión y sobrevolando ilegalmente la isla, los Estados Unidos y sus aliados buscan formas de contrarrestar el creciente poder e influencia de China, en particular su acumulación militar, la presión sobre Taiwán y los despliegues en el disputado Mar de China Meridional. 

Volviendo a Moscú, Rusia no se ha manifestado sobre este acuerdo y, obviamente, por razones estratégicas de interés común, seguirá apostando por su alianza cada vez más sólida con China. Bastante tienen en Moscú para lidiar con los nuevos frentes de batalla, como la instalación de los talibanes en Kabul, la llegada de una aministración menos amistosa que Trump a la Casa Blanca y la probable ampliación de la Unión Europea (UE) hacia los Balcanes. La OTAN ya ha llegado hasta las puertas de Rusia y, quizá, la línea roja es Ucrania.

Una vez cimentadas estas nuevas alianzas, los principales aliados de los Estados Unidos y Occidente en la región, Corea del Sur, India, Japón Taiwán y la misma Australia, examinan cada vez con más preocupación el acercamiento de Rusia a China, país que exhibe sin pudor pretensiones hegemónicas sobre casi toda la región y desarrolla una carrera militar vertiginosa y multimillonaria. 

En lo que respecta a América Latina, Rusia cuenta con cuatro sólidos aliados en la región, Venezuela, Bolivia, Cuba y Nicaragua, tres dictaduras aliadas entre ellas y enemigas declaradas de los Estados Unidos, y en los últimos tiempos ha mostrado un mayor interés por tener una mayor presencia política y económica en el continente, aunque la distancia y su escaso grado de penetración cultural muchas veces lo impiden.

Para terminar, aparte de estas consideraciones sobre Rusia y su proyección exterior, hay que reseñar que el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, ganó recientemente -como era de esperar y sin libre competencia- las elecciones legislativas en Rusia, en las que su formación política, Rusia Unida, superó el 50% de los votos, lo que unido a los escaños obtenidos por otras formaciones oficiales, como Gente Nueva y los ultranacionalistas del PLDR, el máximo líder ruso afronta otros cuatro años sin grandes problemas a la vista ni disidencia interna visible. 

Los últimos años de Putin se han caracterizado por la persecución sistemática de la oposición interna, el cierre de los medios críticos y las organizaciones no afines al poder y también, todo hay que decirlo, por la elminación física de los disidentes al régimen, como fue el caso del envenenado, detenido después y finalmente encarcelado Alekséi Navalny. De nada han servido las condenas internacionales ante este caso y otros ni tampoco las protestas en las calles rusas, reprimidas sin contemplaciones y brutalidad por parte del ejecutivo de Putin. Rusia sigue su ascenso en la escena internacional de una forma imparable, como se dice al comienzo de estas líneas, pero el coste para la sociedad rusa es la ausencia total de libertades públicas y derechos fundamentales en una auténtica farsa democrática.

 

 

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