Uso y abuso de la memoria histórica: los casos de España y Argentina

EL MAL USO (Y ABUSO) DE LA MEMORIA HISTÓRICA: LOS CASOS DE ESPAÑA Y ARGENTINA
por Ricardo Angoso
LOS ORÍGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA Y SIMILITUDES CON LA TRAGEDIA ARGENTINA
La historia de España tiene grandes paralelismos, por llamarlo de una forma eufemística, con la de Argentina. Nuestros años treinta, caracterizados por una gravísima crisis social, política y económica y una polarización tremenda entre comunistas y fascistas, tal como ocurría en casi toda Europa, acabaron desembocando, de una forma trágica, en nuestra Guerra Civil (1936-1939). Pero no se puede entender esta tragedia sin ahondar antes en el contexto que la precedió. La violencia política, sobre todo por parte de grupos de extrema izquierda, estuvo al orden del día e incluso se abortó un conato revolucionario de inspiración soviética, en 1934, conocido como la “Revolución de Asturias”. A esta situación, ya de por sí grave, hay que añadir que los asaltos, saqueos e incendios provocados de iglesias, conventos y monasterios estaban al orden del día por parte de los grupos extremistas.
En febrero de 1936, en este ambiente marcado por la violencia, se celebraron unas trascendentales elecciones generales que fueron ganadas por la izquierda y que eran vistas con gran esperanza por una sociedad cada vez más desgarrada, fracturada y dividida. Sin embargo, como era fácil de prever, la violencia no cesó y un sector de la izquierda, capitaneado por los comunistas, siguió con las provocaciones y no supo administrar la victoria que obtuvieron en las urnas, provocando numerosos actos de violencia, incitando a sus seguidores a los ataques a la Iglesia católica y sus propiedades y, paulatinamente, minando el funcionamiento del orden establecido, cada vez más lejano de lo que hubiera debido ser un Estado de Derecho con unas instituciones democráticas sólidas.
El sumun de este proceso de descomposición social y política por el que atravesaba el país ocurrió unos meses después de la victoria de la izquierda, en la segunda semana de julio de 1936, cuando unos agentes de la seguridad del Estado secuestraron al líder conservador y opositor José Calvo Sotelo, al cual después de secuestrarlo le dieron muerte de una forma infame para dejarlo tirado tras el crimen en un cementerio local. ¿Qué democracia se puede llamar así si la policía, que debía ser la garante de su seguridad, secuestra y asesina al máximo líder de la oposición?
Unos días más tarde de este magnicidio que conmocionó a toda España, la tensión política se elevó al máximo y las espadas estaban en alto para un inminente conflicto entre ambos bandos. El 18 de julio de 1936, en un hecho tan esperado como temido por todos, las Fuerzas Armadas y un sector de la Guardia Civil se levantan contra el Gobierno de Madrid, responsable en último término del estado de cosas por el que atravesaba la nación española. El ejército se divide y España queda partida en dos mitades irreconciliables; acaba de comenzar la Guerra Civil española que desangraría al país durante tres largos años y antesala de la gran guerra europea que estaba en ciernes.
El 1 de abril de 1939, en un parte de guerra firmado por el general Francisco Franco, termina la contienda con la victoria del denominado bando nacional. En el camino, han quedado centenares de miles de muertos, decenas de refugiados y huidos, un país destruido materialmente y el final del sueño de una España democrática y en paz, proyecto consumido y agotado por una izquierda que antepuso el suyo propio al de toda una nación cansada de esperar en la cola de la historia. Casi 8.000 religiosos, entre sacerdotes, monjas, novicios y activistas católicos, fueron asesinados por grupos extremistas en la zona controlada por los republicanos; centenares de iglesias, conventos y monasterios fueron profanados, destruidos y muchos incendiados por estos mismos elementos, guiados por un odio fanático -rayano en el integrismo- que veían en la Iglesia católica el más peligroso adversario.
El régimen del general Franco (1936-1975), con sus aciertos y desaciertos, que nadie pone en duda, inauguraría una era de paz y tranquilidad que generaría bienestar, prosperidad y crecimiento económico para todos los españoles, pero con un notable déficit político en lo tocante a la democracia. En el año 1975, año de la muerte de Franco, España era la décima potencia económica del mundo, por encima de casi todos los países de Europa a excepción de Alemania, Francia, el Reino Unido e Italia, y era un país respetado y un sólido aliado del mundo libre liderado por los Estados Unidos.
DE ESPAÑA A LA CRISIS DE ARGENTINA
Argentina, años sesenta, el mundo vive bajo la presión de la Guerra Fría. La Unión Soviética, ganadora junto con los aliados de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945),  ha expandido ya su “imperio” comunista por China, Mongolia, Europa Central y del Este, Corea del Norte y Vietnam. En 1959, ocurre un hecho fundamental en la historia de las Américas: una revolución triunfa en Cuba y las dudas sobre la naturaleza del nuevo régimen surcan el continente nada más producirse la misma.
En muy poco tiempo, las dudas se despejan y el comandante en jefe de la revolución triunfante, Fidel Castro, da un giro inesperado hacia el comunismo, traicionando a sus propios compañeros de armas y a sus propias promesas democratizadoras para la isla. En muy poco tiempo, con la ayuda del guerrillero argentino Ernesto Che Guevara, Cuba se convierte en la mayor ergástula del mundo, con siete millones de cubanos prisioneros, y comienza los fusilamientos de los disidentes. Hay abundante material gráfico sobre las ejecuciones sumarias, muchas sin juicios o con pocas garantías para los detenidos, la mayor parte de ellos campesinos, antiguos soldados o policías del régimen anterior o simples opositores al régimen. Cuba se convierte en una dictadura cuartelera manejada por los hermanos Castro y en un fiel aliado de la Unión Soviética, justamente en el patio trasero de los Estados Unidos. La Guerra Fría ha llegado a nuestro continente.
En 1962, ya Cuba bajo la égida y el control de los comunistas, se produce la crisis de los misiles, cuando la Unión Soviética intentó instalar en Cuba una base de misiles nuclear de alcance medio en territorio cubano, lo que provocó una grave contencioso con Estados Unidos que casi lleva al mundo a una hecatombe nuclear. Cuba se convierte en un satélite hasta la implosión de la Unión Soviética, en 1991, y en un centro de propagación de las ideas comunistas en el continente, bien sea por la vía militar (terrorista, generalmente) o la vía política.
En definitiva, lo que trataron a toda costa los Castro en esos turbulentos años es hacer cumplir la máxima del Che Guevara en el sentido de  “crear uno, dos, tres Vietnam”. El mismo guerrillero argentino caería en combate en Bolivia tras intentar, sin éxito, un levantamiento campesino en este país con intenciones revolucionarias. Con la ayuda y la financiación de los soviéticos, los cubanos apoyarían a todas las causas revolucionarias del continente.
Muy pronto, siguiendo también las doctrinas del Che Guevara, surgirían grupos terroristas -“revolucionarios”- en todo el continente, como por ejemplo las FARC en Colombia, el FMLN en El Salvador, el FSLN en Nicaragua, las FALN en Venezuela y así hasta una larga lista casi interminable. Todos estos grupos, inspirados y apoyados por La Habana, compartían la estrategia del “foquismo”, desarrollada por el propio Che Guevara, en el sentido de que “no siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución” para empuñar las armas. Argentina no quedó al margen de este proceso y, muy pronto, surgirían varias organizaciones terroristas inspiradas en el modelo cubano, siendo la más conocida los Montoneros, de extrema izquierda y procubana.
La violencia, como recuerda Roberto Rosales en su libro, comenzaría en la década de los años cincuenta, tras el derrocamiento del general Juan Domingo Perón, y se extendería hasta la década de los años setenta y parte de los ochenta. Pero realmente el proceso de crisis social, política y económica llegaría al paroxismo en julio de 1973, cuando el depuesto Perón regresa al país, provocando escenas de violencia y enfrentamientos a su llegada, y desplazando del poder al nefasto presidente Héctor José Cámpora, políticamente cercano a los Montoneros, a los que había otorgado una amnistía masiva, y con ideas rayanas a las tesis comunistas.
Perón, desafortunadamente, muere un año después, dejando como su sucesora a en la presidencia a su esposa y vicepresidenta, María Estela Martínez de Perón, una persona poco dotada para el cargo y con una nula o poca experiencia política. La anarquía y la violencia se apoderan de las calles de Argentina durante dos años terribles; las víctimas se cuentan por decenas y el país está fuera de control. Además, y como guinda de la tarta, la división en el interior del peronismo provoca una fuerte inestabilidad política, causando ceses de gobernadores y altos cargos, gestiones ministeriales muy cortas y generando una profunda ingobernabilidad. La extrema derecha del peronismo, liderada por el poderoso ministro José López Rega, acabaría conformando también un grupo terrorista denominado la Alianza Apostólica Anticomunista -más conocida como la Triple A-, mientras que los Montoneros seguirían cometiendo atentados, secuestros y ataques indiscriminados contra miembros de las Fuerzas Armadas, la policía, representantes del poder económico, sindicalistas y políticos.

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