Ricardo Angoso: El problema de España es la crisis del régimen
En el año 1975 murió Francisco Franco, la dictadura había terminado y comenzaba la tan idolatrada y mitificada Transición política. Se abría un nuevo momento político, bajo el estigma del “atado y bien atado” que había sentenciado el veterano dictador, y el proceso quedaba en manos de aquellos que habían sido los herederos del régimen, entre los que destacaba como “capitán” de la nave el rey Juan Carlos I, designado oficialmente como su sucesor por el mismísimo Franco.
Luego llegaron las elecciones generales de 1977, las primeras libres en años, y el primer parlamento de entonces quedó conformado como la asamblea constituyente de la que tendría que salir una Constitución democrática. Así fue, y el texto naciente del consenso entre las fuerzas políticas de entonces fue aprobado en un referéndum nacional por amplia mayoría. Incluso hasta en Cataluña el sí fue masivo.

Nacía un nuevo régimen político que se caracterizaba por un sistema electoral que tendía claramente al bipartidismo -la famosa Ley D`Hondt, listas cerradas y bloqueadas y circunscripciones muy pequeñas-; la atomización de la administración en varios niveles -local, provincial, regional y central- de una gran complejidad y escasamente funcional; la legitimación de la Monarquía como forma de gobierno sin que se hubiera refrendado dicha institución de una forma democrática y, finalmente, un “sistema de botín” muy parecido al del periodo de la “restauración” en España que permitía el reparto de miles de cargos en la administración pública entre las dos fuerzas políticas que dominaban a las nuevas instituciones representativas del naciente régimen.
LOS LARGOS AÑOS DEL RÉGIMEN Y LA AGONÍA DEL MISMO
En estos años, en que se han sucedido las dos grandes fuerzas políticas en el gobierno, el PP heredero de la AP de entonces y el PSOE, repartieron miles de cargos públicos a personas sin estudios, escasamente formadas, poco preparadas, sin formación profesional y que, simplemente, debían su nueva posición en el régimen debido a la fidelidad a unas siglas. Así fue posible que, por ejemplo, durante el primer gobierno socialista (1982-1996) de Felipe González ocuparan importante cargos gente sin ninguna preparación y que estaban en política por razones espurias, como fueron los consabidos casos del director de la Guardia Civil de entonces, el luego fugado Luis Roldán, el del Banco de España, Mariano Rubio, el presidente del Gobierno de Navarra, Gabriel Urralburu, o el de Aragón, José Marco, por citar tan solo algunos de los casos más emblemáticos. Una buena parte de estos ex altos cargos del PSOE, con el ex ministro del Interior de la época al frente, José Barrionuevo, acabaron, no casualmente, en la cárcel.
Pero esa politización excesiva del país, esa universalización de la ligazón entre la fidelidad al partido y el cargo que se ocupaba, se acabó generalizando, convirtiendo en una norma comúnmente aceptada y, paralelamente, la corrupción se reprodujo perniciosamente por todo el cuerpo de la administración pública. Y salpicaba, claro está, a los grandes partidos
Luego terminaron los años “dorados” de González, jalonados por numerosos casos de corrupción, la guerra sucia contra el terrorismo, la arrogancia supina de sus ministros y el choque de trenes entre la realidad del país y el discurso oficial de los socialistas, cuya primera consecuencia fue una de las más grave crisis económica en décadas. Hechas estas reflexiones críticas desde la valoración objetiva y positiva que tuvo para el país el ingreso en la Unión Europea y la OTAN y la definitiva inserción de nuestro país en la sociedad internacional durante los gobiernos socialistas; pasábamos de ser un país estigmatizado a ser un actor de pleno derecho en la comunidad internacional.
Más tarde, tras su victoria en las elecciones de 1996, llegaron los populares, de la mano de José María Aznar, al Gobierno de la Nación y el primer mandato se puede calificar de óptimo, ya que el país salió de la crisis económica, la corrupción paso de largo y apenas hubo casos destacables que reseñar. Sin embargo, la victoria, con mayoría absoluta en las elecciones de 2000, llevaron al PP a una arrogancia sin mácula de atisbos autocríticos y a la complacencia. Ya nadie se planteaba no cambiar, sino apenas reformar, el caduco, fracasado y desgastado sistema administrativo español y el sainete popular, tras unos años de buenos resultados en lo económico, terminaba con la pésima y desafortunada gestión del brutal atentado terrorista del 11 de marzo, cuyos principales protagonistas del desaguisado fueron los ministros Angel Acebes y Eduardo Zaplana y el propio presidente Aznar.
De aquellos lodos llegaron los barros que conocimos después. Un desconocido, poco formado y preparado líder de los socialistas, José Luis Rodríguez Zapatero, llegaba a la presidencia del ejecutivo más por deméritos de los populares que por méritos propios. Estábamos en el año 2004 y las cosas iban viento popa, más tarde llegaría la borrachera del ladrillo y la consiguiente “resaca” que ahora padecemos. Tras algunos gestos sociales bien recibidos por la ciudadanía, como los matrimonios gays, los socialistas volvieron a ganar las elecciones de 2008, pero no supieron gestionar el país y la crisis económica -nunca reconocida ni por el ejecutivo ni por su presidente- provocó la debacle bien conocida y que dura hasta hoy.
LA CRISIS ECONÓMICA Y DE CÓMO SE DERRUMBÓ EL CASTILLO DE NAIPES
Esa situación de grave crisis económica puso sobre la mesa muchas cosas que en otras circunstancias no hubiéramos seguramente detectado. Nuestro crecimiento económico estaba ligado directamente al monocultivo del ladrillo; también carecíamos de una industria local, como en los casos de Alemania, Francia e incluso Italia, y el sistema financiero, sobre todo en lo relativo a las politizadas cajas de ahorro, era un decorado de cartón piedra. En cuanto soplaron los primeros vientos de crisis, el castillo de naipes se desmoronó, aparecieron debajo de la mesa seis millones de desempleados -el 28% de la población activa- y miles de empresas, incluso algunas emblemáticas, cerraron para siempre. Un desastre no maquillable.
Pero también la crisis sacó de las entrañas del régimen lo peor que teníamos en el país. Asistimos, casi incrédulos, a contemplar cómo la clase política se había enriquecido sin escrúpulos durante los años de bonanza e incluso después, y cómo de los réditos del boom inmobiliario se había generado una suerte de economía de burbuja que estaba destinada a perecer, a morir de éxito que hubiera dicho alguno.
En ese adverso contexto, el líder de los populares, Mariano Rajoy, ganó las elecciones de noviembre de 2011. Se generaron numerosas esperanzas antes de las elecciones, peor imposible, la gente decía tras haber padecido siete largos años y pico de cancerígena gestión de Zapatero, que hundió al país en una decadencia política y económica desconocida hasta entonces, pero sí se podía ir a peor. Como se dice vulgarmente, era peor el remedio que la enfermedad. Y es que el problema no era de personas, el problema es el régimen y la casta de privilegiados que gozan del mismo desde hace más de tres décadas. Ni Rajoy ni Zapatero son el problema, son solo fruto de un régimen ineficaz.
HACÍA FALTA OTRA FORMA DE HACER POLÍTICA
La situación era crítica y había hecho falta otra política, mejor dicho: otra forma de hacer política. Los síntomas de la crisis, de la metástasis que contaminaba a todo el sistema, se hicieron evidentes muy pronto. El déficit público se hizo insoportable y nos homologaba con los países menos creíbles y poco competitivos del continente, como Grecia y Portugal. Nuestros bancos estaban arruinados y fruto de su pésima gestión y haber dados préstamos sin ningún control por parte de nuestro sistema financiero apenas valían nada y había que rescatarlos. Y, como guinda final de la carta, estuvimos a punto de rozar la tragedia (casi como la griega) de necesitar el rescate, la ayuda de Europa, para poner de nuevo en marcha nuestra maltrecha economía.
Pese a todo, el régimen sigue mostrando sus últimos estertores dignos de una hecatombe y un lento pero irreversible decrepitar. No se atisban señales de cambio, de crítica ante una agónica realidad que se manifiesta en el día, en la calle y en las instituciones. La corrupción rampante, como lo fue en la Italia de la mafia y la corrupción, de los Craxi, Andreotti y Berlusconi, se manifiesta y se constata en todas las instituciones, del Rey hacia abajo incluyendo a la Monarquía, y nunca mejor dicho.
Luego la tal recuperación tan cacareada es mentira, un mero espejismo para engañar a los tontos y convencer a la parroquia. Nada va bien, el hundimiento del país es innegable. La seguridad social está al borde de la quiebra y terminó el 2014 con un déficit de 18.000 millones de euros. El déficit público sigue muy alto y lejos de las cifras y datos que presentan las primeras potencias del continente. Por no hablar de las exportaciones, en un país que produce poco, tarde y mal, y donde tampoco se detectan mejoras a finales de 2014.
ESPAÑA PADECE UNA CRISIS MORAL Y ÉTICA
El problema del actual gobierno es que no ha comprendido, o no quiere comprender, que la crisis va más allá de la economía, sino que es un trance que requiere una respuesta que no solo está en los fríos números. Estamos ante una grave crisis moral, política y ética que se ha manifestado en un momento en que la economía atravesaba un cruda recesión. Eran los síntomas del cáncer, pero el cáncer estaba ya en fase muy avanzada antes de la depresión económica. En España hay una política amoral y no sujeta a la necesaria ética.
Pero el problema sigue siendo el mismo: el régimen fundado en 1978 hace aguas y necesita una seria revisión. Hace falta algo más que palabras, como por ejemplo una reforma constitucional, una adelgazamiento radical de la administración pública y el final del sistema de botín, del reparto de miles de cargos (inútiles, casi todos, incluidos los que los ocupan) entre los dos grandes partidos.
Y Rajoy, si de veras quiere hacer el cambio que demanda el país, lo tiene bien fácil: tan solo tiene que echar a los mercaderes del Templo, es decir, poner fuera de juego esos centenares de mediocres y fríos asesores que le rodean desde hace dos años y que le venden la realidad del país como una suerte de Alicia en el País de las Maravillas. La realidad está en la calle, se palpita en la ruina de miles de empresas cerradas y miles de hombres y mujeres desocupadas. El problema, como ya he dicho, es la crisis del régimen.
Ricardo Angoso
Periodista español
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@ricardoangoso
