EL ENIGMA JUAN MANUEL SANTOS
POR RICARDO ANGOSO
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¿Tiene realmente el presidente Juan Manuel Santos un proyecto político para Colombia más allá de la pura exhibición retórica y un manejo mediático triunfalista y edulcorado? Mientras la situación en el país dista mucho de ser la Disneylandia que presentan los medios afines a Santos y su mediocre equipo, la impopularidad del presidente es creciente. Pero también aumentan los ataques de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y otras organizaciones terroristas, como el ELN, y se hacen evidentes los fracasos del máximo mandatario en salud, educación, infraestructuras y seguridad. Tan evidentes que no aguantan el riguroso y objetivo análisis de los hechos.
Colombia va mal, piensan casi todos los colombianos menos el corifeo mediático (bien pagado, informado y tratado) al servicio de Santos. Incluso un periódico claramente favorable a la gestión presidencial, como el diario El Tiempo de la capital colombiana, aseguraba hace unos días que, según una encuesta realizada por la firma Datexco, un 51% de los colombianos cree que el país va por mal camino; también un 52% estaba en contra de cómo el presidente estaba manejando el proceso de paz.
COLOMBIA REGRESA A LOS AÑOS DEL TERROR
La violencia terrorista, los secuestros, las extorsiones, la delincuencia y la inseguridad se extienden por todo el país ante la pasividad e inacción del Gobierno del presidente Juan Manuel Santos. Las FARC, con las que el ejecutivo de Bogotá negocia en La Habana como si no pasara nada, han redoblado en estos meses su ofensiva contra las fuerzas de seguridad, causándole numerosas bajas, y han generado grandes daños en las infraestructuras. También han redoblado sus acciones y la extorsión contra la empresa privada. Pero, ante estos hechos muy graves, el presidente lejos de mostrar firmeza y mano dura se muestra condescendiente y asegura eufórico y pletórico que ha cumplido con el 68% de su programa electoral. ¿De qué habla realmente? Nadie lo sabe.
Pese a todo, los colombianos, que se muestran sorprendidos y escépticos ante el actual estado de cosas, saben que más allá del maquillaje mediático y los habituales shows políticos-periodísticos del máximo líder no hay nada de nada de lo que enorgullecerse. Ni se avanzó en la necesaria reforma del sistema de salud, la educación sigue necesitando de auténticas medidas reformistas y la anunciada gran “revolución” en la justicia naufragó en las instituciones colombianas. Poco o nada tiene que presentar el presidente Santos ante su abatida (y también confundida) sociedad.
Por no hablar de las cien mil casas gratuitas prometidas por el presidente Santos y su alter ego, el ministro de vivienda Germán Vargas Lleras, que han quedado en aguas de borrajas y de las que apenas se han entregado 91. Pero ni siquiera el espectáculo de la entrega de esas casas estuvo exenta de polémica: el ex presidente Uribe ya denunció en su momento que las viviendas fueron construidas durante su mandato y que el ejecutivo no tuvo nada que ver en dicha obra.
¿QUÉ PRETENDE SANTOS?
Proveniente de la oligarquía bogotana y hombre al que la vida le entregó todo desde sus más tiernos años sin hacer nada, el presidente Santos sigue siendo un enigma. Hombre frívolo, superficial, risueño y ceñido a los usos y costumbres de una elite que no conoce la meritocracia y el “self-made-man” (hombre hecho a sí mismo), el actual máximo líder colombiano no sabe cómo quiere pasar a la historia; si como el hombre que hizo la paz con los terroristas de las FARC, aun pagando el alto coste de otorgar la impunidad a los terroristas obviando sus brutales crímenes y afrentas al pueblo colombiano, en aras de cumplir con un proyecto personal y mezquino o, por el contrario, como el dirigente político de nobles intenciones que en nombre de su altísima responsabilidad tuvo que hacer grandes sacrificios ante los terroristas para llevar a su país por la senda de la paz y acabar de una vez por todas con el conflicto en Colombia.
En cualquier caso, puede que se logre la paz, que incluso se escenifique la misma con la firma de un acuerdo en La Habana, pero es más que seguro que la no será efectiva. Es cierto que había que intentarlo, que había que escuchar a los terroristas, que había que dar pasos a favor de la paz, pero no es menos cierto que las FARC parecen haber aprovechado la coyuntura, como ya hicieran otros grupos terroristas en el pasado, como el IRA y la misma ETA, para rearmarse y seguir dedicados a su negocio más productivo: el narcoterrorismo.
El enigma Santos consiste en saber si tiene un plan B, es decir, si una vez llegada a esta falsa paz, a la de los cementerios, las mentiras y el terror que apadrinan estos apóstoles del crimen y el secuestro, el presidente pretende apadrinar un proyecto de corte izquierdista para Colombia. Ya no se le oculta a nadie que lo que se pretende finalmente es convertir a las FARC en un partido político al estilo de lo que ocurrió en la década de los ochenta cuando diversos grupos guerrilleros “desmovilizados” y el Partido Comunista Colombiano (PCC) promovieron y fundaron la Unión Patriótica.
Ahora ya existe una estructura más o menos legal que podría englobar a los terroristas -la Marcha Patriótica apadrinada por por Iván Cepeda y Piedad Córdoba-, y el camino parece despejado para hacer prosperar en Colombia una suerte de trasunto del proyecto bolivariano que ya echó raíces con éxito en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela. ¿Será ese el final de ruta que tiene como fin, aunque no sea intencionadamente, este insípido y felón mandato presidencial? Su cercanía con el difunto presidente venezolano Hugo Chávez y sus coqueteos con la izquierda continental, aun a coste de enfadar a sus aliados, hacen presagiar negros tiempos para Colombia, ¿estaremos en lo cierto?